LLAVES, COSCACHOS Y LÁGRIMAS





En la nueva película de Darren Aronofsky (Pi, fe en el caos, Réquiem para un sueño), The Wrestler, ya en sus primeras escenas hemos reconocido esa historia que aunque creemos haber visto mil veces, aún no nos aburre. Tan solo han cambiado algunas reglas del juego, ya que en este caso, en lugar de ser la historia del declive de un boxeador, nos hallamos ante la decadencia de un luchador, un Wrestler enfundado en su fluorescente calzoncillo de super héroe. A pesar de las múltiples diferencias de ambos mundos, el wrestling está ocupando sigilosamente el vacío dejado por el boxeo, no sólo porque ambos se realizan sobre un cuadrilátero sino porque este último está apropiándose de los arquetipos que constituyeron los pilares del imaginario boxístico. Ante este relevo, a cambio de dar visibilidad a sus miserias, ¿podrá adquirir el wrestling aquella dimensión mitológica y cultural que tuvo el boxeo?

El wrestling, que en sus formatos más circenses ocupa un lugar destacado como industria del entretenimiento en EEUU, ha conseguido en los últimos años una expansión importante, infiltrándose incluso en feudos de sofisticación de high cultur y hasta en la literatura (Chuck Palahniuk cuenta en De donde viene la carne, uno de los textos que conforman Error humano, en el que el escritor se deja caer en los combates de selección para el equipo olímpico norteamericano de lucha libre. Como en El club de la pelea, pero con deportistas. Esforzados hombres sin el reconocimiento social de otras ramas del deporte, ni grandes porcentajes por conceptos de publicidad ni el apoyo de una masa enfervorizada de fieles. Nada de nada. Tan sólo el placer de luchar y, de pasada, la satisfacción de ganar. En el fondo el placer de aforrarse por aforrase. “La lucha es un deporte puro”, asegura Palahniuk, “una secta, una fraternidad, un club, una droga”. John Irving es otro escritor aficionado a la lucha. En La novia imaginaria habla de escribir y pelear. El autor de El mundo según Garp, enumera, en una especie de diario de un luchador, las lesiones que le ha costado tal afición: en ambas rodillas, en el codo derecho y en el hombro izquierdo).



Otra suerte ha tenido el wrestling fuera de sus fronteras, donde ha costado comprender el sentido de una cosa que no es deporte, ni competición, ni relato, ni teatro, aunque tenga un poco de todos ellos. Se trata de algo basado en la expectación, el simulacro y la dinámica televisiva. Tres habilidades bajo sospecha, dada su capacidad para la mistificación (salvo en EEUU, donde gozan sin complejos las llamadas art of deception). En su expansión ha topado con las reservas europeas a la espectacularización de la violencia, más aún cuando esta tiene como traget al público infantil y juvenil. Sin embargo, ahí radica uno de sus contradictorios secretos para el éxito: es apto como espectáculo familiar porque se anuncia como una farsa, una lucha coreografiada, fingida, pactada e indolora, y por ser así o como prueba de eso, se escenifica y promociona con una agresividad hiperbólica. El wrestling quizá es al boxeo lo que la política actual a la de antaño, o lo que las guerras de hoy a las pasadas… un duelo hecho espectáculo visual, en el que al espectador se le hace cómplice por el solo hecho de aleccionarlo – e incluirlo – en la mecánica del relato.

El wrestling norteamericano debe en parte su auge al declive del boxeo, al que asfixiaron ficciones y titulares que lo hicieron sinónimo de violencia, sordidez y corrupción. El wrestling, en cambio, despeja de inmediato suspicacias: no arregla peleas, las guioniza. No es violento, sólo lo parece. Para distanciarse definitivamente de la iconografía pugilística, el wrestling se promociona a través de una estética infantil y colorista, en la que el público he dejado de ser la masa oscura y humeante que abrigaba el cuadrilátero de box, para pasar a ser parte integrante del espectáculo, siempre iluminado y advertido de que el próximo primer plano puede ser suyo. Al boxeo la mala fama le hizo bien (durante un tiempo): fue la pátina que persiguieron tantos como escenario y metáfora, aunque al final esa leyenda negra, regada de realidad, terminó por expulsarlo de lo políticamente correcto, de las pantallas domésticas y de la esponsorización millonaria de épocas pasadas.




La épica del boxeo se fundaba en la fábula del astro surgido de la nada, su llegada a la cima y su posterior caída al vacío. El wrestling ofrece, en su lugar, una rutina de juego en la que su principal argumento es el del constante retorno, el de los duelos diseñados temporada tras temporada y en los que las reapariciones y revanchas son imprescindibles. El boxeador se enfrenta en cada derrota al vértigo de la desaparición absoluta; el luchador retrocede para tomar vuelo y renacer tan pronto como el guionista lo indique. Quizá por eso, el mundo del box ha propiciado una iconografía grave y poderosa, donde el wrestling deja un legado que es en su mayoría mercahndising, derramando action-figures, video juegos y disfraces tan llamativos como los programas de televisión que los dan a conocer y que, por cierto, en EEUU ya consideran y archivan como performing art.

Este espectáculo cuenta con décadas de tradición en EEUU, pero en constante evolución estética, sin un marco reglamentario claro y de infinitas ligas, siglas y modalidades. En su lado más indigesto, las hay con violencia fingida pero en donde brota la sangre a borbotones (se cortan con hojas de afeitar en lugares determinados del cuerpo), las que reniegan de reglamento (NRW, No rules wrestling) y hasta las improvisadas en el patio de la casa, con las esquinas del cuadrilátero tapizadas de tachuelas, trozos de vidrio y alambre de púas (las llamadas Four Corners of Pain, pura demencia suburbial, White trash).

Para la gran mayoría de sus seguidores, el wrestling se ha impuesto desde la década de los setenta como un inocuo show a todo color, protagonizado por personajes salidos de un comic, como Hulk Hogan, eternamente jóvenes, bronceados e hipermusculosos. Su proyección, fuera de su espacio televisivo, era por entonces escasa. Pero esta inocencia se perdió en algún punto del camino, entre gritos, aspavientos y odios fingidos que han terminado por definir la profesión hasta llegar a ser lo que es ahora: una industria millonaria.

The Wrestler, que ha insertado definitivamente en este mundo el arquetipo del trapecista sin red donde caer, en un momento en que no dejaban de aparecer en la prensa norteamericana artículos denunciando la gran cantidad de luchadores que han muerto jóvenes, victimas de accidentes, fármacos y el estrés de una vida profesional diseñada por otros.

Shepar Fairey, una de las estrellas del diseño gráfico contemporáneo (Fairey es el autor de una de las estampitas más populares de Obama), ha hecho del rostro del luchador André the Giant el leimotiv de su carrera, un ícono triste y monumental, para muchos comparable a la foto de Korda del Ché Guevara, y que cubriendo paredes de medio mundo desde 1986 ha terminado por convertirlo en una suerte de mártir posmoderno. Este si es el lado oscuro de la luna. Pero la revisión realmente crítica de la profesión es aún más reciente. La cadena de televisión HBO abrió los fuegos en 2003 (Real Sport with Bryan Gumble), con un reportaje en que se habló del alto índice de muertes no naturales en la profesión. El único luchador en hablar de eso ante las cámaras, el respetado Roddy Piper, pagó con una retirada temporal su atrevimiento.




Particularmente traumática para los aficionados fue la muerte accidental de Owen Heart (1999), acaecida en público y, claro, subida a Youtube. Advertencia: no es agradable ver como alguien se parte las vértebras cervicales. Otra muerte igualmente impactante ha sido la de Chris Benoit (2007), que se suicidó tras acabar con la vida de su mujer e hijo, dando pie a especulaciones de todo tipo sobre el efecto que tiene en el carácter de estos actores tanta sopa de esteroides. También ha levantado mucho interés, y revuelo, la aparición en internet de un guión en el que queda claro hasta qué punto la espontaneidad y el imprevisto no forman parte del wrestling. El guión, de la TNA (Total Nonstop Action Wrestling), fue retirado al poco tiempo como si se tratara de un secreto de estado. Tanto escándalo no conviene a un espectáculo que llena estadios de preadolescentes bajo una premisa: It´s only make –be-live. Quizá, mientras más afloren las tripas y los costos de la profesión, se desvanezca su razón de ser, pero también la idea bidimensional que teníamos de ella. Y nada, al espíritu creativo y a la industria del entretenimiento, inspira más que el dolor verdadero.



F.R.

DESDE BAIRES....


Una pequeña galería de
"Fetillo"










EL CIELO, EL MAR




El cielo y el mar se funden en un mismo color, sin líneas definidas, no hay línea de horizonte, sólo una delgada franja borrosa en la que los elementos se confunden vagamente, imposible saber cuales son sus limites, hasta dónde llega el agua y dónde empieza el cielo. Ella aparece en la escalera con un traje de baño blanco, baja y, antes de pisar la arena, se quita sus sandalias estirando delicadamente sus pies, atraviesa el bosque multicolor de quitasoles y se dirige hacia el mar. A lo lejos, algunos bañistas flotan en el agua, inmóviles, como flotadores fluorescentes se mecen sobre la superficie azul verdosa. Ahora avanza sobre la arena repleta de huellas indescifrables que hacen más torpe su andar. Pisa una alga reseca con una mueca de asco. Gira su cabeza y vuelve a mirar hacia la escalera de concreto. El mar esta tranquilo y dan ganas de entrar en él. Al avanzar va dejando pequeñas huellas efímeras de su paso por ahí, pequeños refugios de insectos marinos moribundos o ya muertos. Bajo una delgada película de agua, la arena va moldeando enanas olas duras. Ella se pasa la lengua por los relieves del paladar, el sol le calienta la espalda, sus pechos se balancean, luego cruza una franja de conchas, de fragmentos de conchas, de fragmentos de fragmentos de conchas, se siente como un faquir, oye sus pasos, se acerca al murmullo del agua, ya no oye sus pasos, se está acercando, la arena rebosante de agua se aclara alrededor de sus pies, una pequeña ola, amable, suave, hace todo lo que puede por mojarla, al menos la punta de sus dedos, y al final lo consigue; ella se inmoviliza un instante, respira profundamente y da media vuelta. Aquí huele bien. Ahora camina sobre huellas de herradura que no había visto antes – los caballos acaban de pasar – y vuelve a hacer el mismo camino en sentido contrario, de espaldas al mar, de cara al sol, hasta la mitad de la playa, donde deja su bolso de playa, saca su toalla de playa, la extiende sobre la playa, y pone en ella su culo, su hermoso culo; busca en su bolso algo que no encuentra inmediatamente y, presa de la duda, se pone a revolverlo nerviosamente, para finalmente lograr dar con su Hawaiian Tropic , lo cual la tranquiliza; Joseph Roth también está en el fondo del bolso, con las puntas dobladas y migas de galletas entre sus páginas, lo saca y lo deja a un lado; se quita la parte superior de su traje de baño blanco y sus pálidos pechos ven la luz – dos viejos señores pasean por la playa y se deleitan bajo sus lentes de sol con esos pechos blancos que ahora se masajean entre sus manos cremosas –, y ella se acuesta de espaldas para dar el último toque, algunos retoques, ahí donde no haya quedado la capa aceitosa, para que el sol le acaricie el pecho, para que un rayo le caiga en el fondo del ombligo, separa sus brazos, sus piernas, levanta la barbilla, para que cada centímetro cuadrado de su piel se empape de luz; vuelve a tomar el libro y lo abre donde indica el separador de la librería donde lo compró, y lee: “A la mañana siguiente Andreas se levantó más temprano que de costumbre, pues había dormido insospechadamente bien”, imposible leer boca arriba sin que e libro le de su sombra, entonces lo cierra, cierra los ojos, el viento le trae un suave y grato efluvio salino que dilata sus fosas nasales – pequeña pulsación clitoriana –, se duerme. Algunas gaviotas se pasean por la arena, otras rasgan el cielo como pinceladas claras sobre un azul puro, pero no se oyen. Más tarde ella se despierta, sus pechos han perdido su consistencia, ahora parecen ebrios, más pesados. Se sienta, mira un poco a su alrededor, deslumbrada – un poco más allá una pareja trata de subir con dificultad a los caballos de arriendo –, ahora se unta la espalda, como puede, contorsionándose, y vuelve a acostarse boca abajo; toma su libro nuevamente, lo abre y lee: “A la mañana siguiente Andreas se levantó más temprano que de costumbre, pues había dormido insospechadamente bien”, pero el blanco resplandeciente del papel bajo el sol la obliga a fruncir los ojos y hace la lectura dolorosa; entonces lo deja y apoya la cabeza sobre sus brazos cruzados – a lo lejos, más allá, la pareja continúa tratando de subir a los caballos –, vuelve a dormirse. Se levanta un viento fresco que le sopla la espalda y le pone la piel de gallina, el sol a comenzado a desparecer lentamente detrás de una nube gris oscuro, pero ella no lo ha visto – ni lo sospecha –, se mira el pecho, y sólo espera borrar definitivamente esa horrible marca del traje de baño.



P. Liche


INSTRUCCIONES PARA CRUZAR LA FRONTERA




Por Luis Humberto Crosthwaite



Piense en esto: de preferencia no lo haga. La verdad es que no vale la pena el ajetreo. Se lo dice quien, por distintos motivos, confiesa haber cruzado la frontera unas 1,600 veces durante su vida, por trabajo, por ansiedad o por fastidio. Atravesar una línea divisoria requiere de un esfuerzo intelectual, un conocimiento de que las naciones tienen puertas que se abren y se cierran; una idea fija de que un país, cualquiera que éste sea, se guarda el derecho de admisión a sus jardines y podría echarlo de ellos a la primera provocación.
No obstante, si el lector recibe un llamado poderoso, como de sirenas, como de imán, y decide cruzar, le recomiendo tomar en cuenta las siguientes indicaciones:
1. Se requiere que usted porte un documento que acredite su nacionalidad y sus intenciones. Nada molesta más a los guardianes que una persona con intenciones poco claras. Usted debe ingresar al país vecino porque va de compras (cuando hay especiales en las tiendas departamentales), para lavar su ropa sucia (porque las aguas allá son más pulcras), para ir a Disneylandia ("el lugar más feliz del mundo"); en fin, para realizar faenas que no comprometan el status quo de la sociedad.
2. Está prohibido para el extranjero, y se lo señalarán con sus grandes dedos, recibir dinero a cambio de trabajo o trabajar a cambio de lo que sea. Por lo tanto, si cruza cotidianamente a una labor de lavaplatos, recolector de basura, mesero, sirvienta, oficinista, cajero, etcétera, deberá siempre llevar a la mano una buena historia que contarles, no importa que sea la misma cada vez.
3. Es importante saber que las puertas están custodiadas por dos tipos de guardianes: unos llamados "Aduana" y otros llamados "Migra". Los primeros, vestidos de azul oscuro, se interesan por lo que lleva consigo (que no sea fruta, que no sea droga); ellos suelen ser descorteses porque es parte de su trabajo, pero le dejan pasar algunas veces sin consultar sus documentos, sin mirarle a los ojos, sin pensar en su vida. Los segundos, en cambio, son seres terribles; auscultan su mirada intentando encontrar propósitos ulteriores. Quieren quebrarlo, quieren hacerle confesar que busca trabajo pues apenas le alcanza para mantener a su familia. Quieren tener el gusto de arrojarle a los leones.
4. La paciencia puede ser útil al cruzar la frontera. Si usted lo hace en automóvil o caminando, la espera podría ser infinita. Será un integrante más de una eterna fila que no parece tener principio ni fin. Llévese una novela de muchas páginas; llévese un radio, unas barajas, algún compañero con quien jugar una ronda de dominó o Monopolio.



5. Aunque es difícil lograrlo, intente asomarse para ver cuál de los dos tipos de guardianes cuidan la fila donde usted se encuentra. Procure que sea Aduana, de lo contrario tendrá problemas. En caso de enfrentarse a un Migra, pídale a Dios que no pertenezca a lo que en el país vecino se conoce como "minoría", y de preferencia que no tenga ascendencia latinoamericana: se dice que son los peores porque saben que alguien siempre los vigila para que cumplan cabalmente con su deber.
6. Si cruza en automóvil, que no le extrañe que algunos Aduanas se acerquen con un perro para que husmee sus alrededores. No se sienta humillado si el perro orina una de sus llantas. Tampoco sienta gusto.
7. Al enfrentarse finalmente a uno de esos guardianes, sea en automóvil o a pie, debe llevar el pasaporte en la mano y la mente en blanco. Lo más apropiado es estar convencido de que ellos son seres omnipotentes, deidades, Césares caprichosos capaces de arrojarle de su imperio. Lo mejor es entregarse totalmente a sus designios, por más absurdos que éstos parezcan.
8. Un diálogo típico podría ser así:
—¿Qué trae de México?
—Nada.
—¿Qué trae de México?
—Nada.
—Tiene que contestar "sí" o "no". ¿Qué trae de México?
—No.
—Está bien. Puede pasar.
Espero que estas indicaciones le resulten útiles. Procure llevarlas con usted en una bolsa y repasarlas detenidamente antes de intentar el ingreso al país vecino.
Hay quienes opinan que trasponer la frontera es un arte, que no debe ser un acto sencillo como el que se describe en este texto, que debe requerir cierto esfuerzo de la imaginación. Por eso algunas personas de alma aventurera prefieren hacerlo por espacios remotos, de difícil acceso; lugares que son custodiados con recelo por los más amplios recursos tecnológicos, por helicópteros y patrullas ansiosas de comenzar la cacería.
Cruzar por esos extremos es una hazaña de otra índole que, como supondrá el lector, requiere de una serie distinta de indicaciones. -


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Luis Humberto Crosthwaite es un intérprete original de la vida en la frontera y el cronista por antonomasia de Tijuana, su ciudad natal. La escritora Lolita Bosch, en su libro Hecho en México, afirma: “Crosthwaite es de los poquísimos tijuanenses de pura cepa y por eso se conoce Tijuana como si la hubiera inventado y ejerce una forma a un tiempo burlona y muy seria de patriotismo tijuanense (en su brazo derecho lleva tatuado un verso de Borges que, más que una declaración de amor, es una declaración de principios: “No nos une el amor sino el espanto”).
Esta viñeta, que narra la forma de proceder de la aduana norteamericana, es también una metáfora del alejamiento entre México y Estados Unidos.


Parita Liche

DESIERTOS

(Fragmento)
Un poema de Adonis
(Ali Ahmad Said)


Las ciudades se deshacen
y la tierra es una locomotora de polvo.
Sólo el poeta sabe casar este espacio.

No hay camino hacia mi casa: estado de asedio,
las calles son cementerios.
Desde lejos, sobre su casa,
una luna ensimismada se cuelga
en los hilos del polvo.

Dije: "Este es el camino a mi casa". Respondió: "No,
no pasarás", y me apuntó con el fusil...
Está bien. Tengo en todos los barrios
amigos, y todas las casas del mundo.

Caminos de sangre.
Los evocaba un niño
y su amigo le susurraba:
No hay en el cielo
sino agujeros llamados estrellas...

Encontraron a seres en sacos:
el primero sin cabeza
el segundo sin manos ni lengua
el tercero estrangulado
y el resto sin forma y sin nombre.
- ¿Te has vuelto loco? Por favor,
no hables nunca de esto.

Una página de libros
por los que aparecen las bombas,
aparecen las profecías y los proverbios pasajeros,
aparecen los mihrabs, alfombra de letras,
caen, hilo tras hilo,
sobre el rostro de la ciudad
desde las agujas del recuerdo.

Del vino de la palmera a la calma de los desiertos...
a una mañana que pasa de contrabando sus entrañas
y duerme sobre el cadáver de los rebeldes...
calles, camiones para soldados y grupos...
sombras, hombres y mujeres...
bombas cargadas de plegarias,
de fieles y de herejes,
un hierro que supura hierro
y se desangra en carne,
campos nostálgicos de trigo,
hierba y hortelanos,
fortalezas que cercan nuestros cuerpos
y vierten sobre nosotros oscuridad,
la mitología de los muertos
que la vida dice y guía...
una palabra que es a la vez
víctima, sacrificio y todos los verdugos...
tinieblas, tinieblas, tinieblas.



علي أحمد سعيد إسبر



Alí Ahmad Said Esber, Adonis, nació en Al Qasabin, al norte de Siria, en 1930. Poeta, crítico y antólogo de la poesía árabe tradicional, es uno de los creadores más importantes y renovadores de la lírica árabe contemporánea. Entre sus obras de creación cabe destacar, “Cantos de Mihyar el de Damasco”, “Epitafio para Nueva York”, “Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y la noche”, “Un tiempo entre la rosa y la ceniza” y “Homenaje a las oscuras cosas claras”. Como antólogo y ensayista ha publicado “Introducción a la poesía árabe”, “Lo permanente y lo mudable” y “La palabra de los orígenes”, entre otros textos.
Junto con el poeta sirio-libanés Yusuf al-Khal fundó la revista “Si’r” (Poesía) en 1956, en la que se traduce a Juan Ramón Jiménez, Lorca y Octavio Paz.
Se ha desempeñado como profesor de literatura árabe en las Universidades del Líbano, de Damasco y en La Sorbonne de París. Gran conocedor de la poesía preislámica, mística y Omeya, su verso complejo y a veces surrealista ha sabido contar un mundo en constante cambio.

LAUZIER, el lápiz corto punzante

Gérard Lauzier falleció en París el pasado 6 de diciembre. El autor francés de historietas no murió envenenado al morderse la lengua como muchos hubieran querido, sino víctima de un cáncer. Tenía 76 años. Sus retratos sarcásticos de la burguesía francesa dejaron la sonrisa congelada en la cara de sus inspiradores. Un humor que produce esta mueca final cuando combina fiereza y certera puntería: uno de los blancos favoritos de Lauzier fueron la izquierda exquisita francesa y sus retoños radicales. No por ser de izquierda sino por ser un yacimiento inexplorado de comportamientos ridículos. Poco acostumbrados a ser caricaturizados en el país del sacrosanto mayo del 68, el patriciado progresista le acusó de reaccionario. En 1978, Lauzier declararía: “Algo que me deja estupefacto: Se dice que el cómic para adultos surgió a raíz de 1968 y todavía no he visto una historia de cómic que cuente lo del 68. Los autores se masturban el cerebro para realizar historias sin interés alguno, cuando la mayoría forman parte de esa generación salida del 68. ¡Y eso que es interesante lo del 68! Yo lo viví como espectador, pues estuve todo el tiempo metido en la Sorbonne y en Odeon, pero no fui parte activa; no era para mi edad. Me encantaría leer un cómic sobre este tema”.


Así, además de reaccionario, también debió cargar con el estigma de pedante. Y no lo era. Sencillamente, Lauzier detectó una gran bolsa de tontería humana en los izquierdistas divinos, falsamente liberados en materia de sexo, casi tan preocupados por la pobreza en el mundo y la ecología como por la gastronomía de diseño y la cultura del vino; feministas porque el feminismo era lo que se llevaba. Pero también tenía munición crítica para la familia y el mundo empresarial, y para él mismo. Nacido en Marsella el 30 de noviembre de 1932, Lauzier se licenció en Filosofía y dejó sin completar los estudios de Arquitectura. Entre 1956 y 1964 vivió en Brasil, donde fundó una agencia de publicidad y se inició en el humorismo gráfico. Pero en nuestra azotada Latinoamérica el virus golpista ya se hacía sentir con fuerza. El golpe de Estado contra Joao Goulart hizo que regresara a Francia.

'PILOTE'

Tras publicar en revistas como Paris Match y Lui, en 1974 editó el álbum Lilí fatal y comenzó su colaboración con la publicación Pilote, donde apareció su larga serie Cosas de la vida. Eran los tiempos del boom del cómic adulto en Francia y Lauzier se convirtió en ariete de la corriente con su vitriólica visión de la cotidianidad, cantera inacabable de materia prima. Las historias de Lauzier nos hacen mirarnos en el espejo del absurdo cotidiano. Esa mirada a nuestras contradicciones y miserias. “El cómic infantil no me interesa en absoluto, y me veo incapaz de hacer una historia de ese corte –señalaba el dibujante–. Además, el cómic infantil ha sido ya muy explotado. Lo que hay de maravilloso en el comic para adultos -en lo concerniente a las historias- es que no hay nada. Contamos con buenos dibujantes, pero los buenos guionistas escasean. No leo cómics porque me aburren. Encuentro la materia sin consistencia. ¡Ya quisiera yo leer cómics para adultos, pero que me ofrezcan algo que valga la pena! La mayor parte de las veces, con sólo leer unas viñetas ya sé lo que va a pasar. Claro que hay excepciones, pero por lo general, en un campo tan nuevo, tan rico, que atrae a los jóvenes, me sorprende tanta pobreza y la depauperación profunda del cómic para adultos. Compro todas las revistas, porque es mi trabajo, y tengo que decir que me cuesta muchísimo dar con una historia en la que no se tome al lector por un gilipollas. Y eso me sorprende, pues el cómic es un modo de expresión en el que el autor goza de campo libre. Si uno se dedica al cine o a la novela, se ve obligado a inscribirse en una tradición, se ve obligado a hacerse sitio entre un centenar de personas que nadan en la misma dirección. En el mundo del cómic, estás solo, no hay nada. Tampoco comprendo por qué no se cuentan historias para adultos que sean interesantes. No sólo lo que se hace no ofrece ningún interés, sino que encima se trata de ciencia-ficción, de historia, de surrealismo, o bien es algo totalmente hermético. Me sorprende asímismo que no se haga más cómic de la vida de cada día; y no soy el único que lo dice, ya que WOLINSKI escribió un artículo a ese respecto en "Charlie".



La trilogía formada por La carrera de la rata (1978), Querer no es poder (1980) y Recuerdos de un joven (1983), obras en las que arden respectivamente un publicista con ínfulas literarias, un triunfador maduro y un pobre niño rico, le coronaron campeón de la sátira social contemporánea. La compañía teatral barcelonesa Dagoll Dagom adaptó historietas de Cosas de la vida en Glups!! (1983) y La carrera de la rata como Cacao (2000). También en su país, mitificado como el paraíso del cómic, Lauzier descubrió que el teatro permite ganarse la vida bastante mejor que la historieta. Y no digamos el cine. T'empˆches tout le monde de dormir (1982) fue la primera película que dirigió y Le fils du français (1999), la última, mientras que Mi padre, mi héroe (1991), protagonizada por Gérard Depardieu, supuso su mayor éxito. Suyos son también los diálogos de Astérix y Obélix contra César (1999). Diario del artista (1992) supuso tanto el regreso de Lauzier al cómic como su lamentable despedida del medio.



Parita Liche