Fugu Hikikomori

(Uno)
Quien se acerca a las puertas de la muerte siente que los músculos pierden fuerza y que la respiración se desvanece mientras el corazón galopa, a paso firme, hacia el ocaso.
Su veneno es mil veces superior al del Curare. El suficiente como para matar a quince comensales: a toda una familia, a una fila del banco, a la alineación completa de un equipo de fútbol… a pesar de todo, es una delicatessen, una milenaria especialidad japonesa.
Se despedaza el pez vivo para evitar la mortal parálisis, impidiendo así la contaminación de la carne limpia. Vísceras, gónadas y glándulas contienen la tetra toxina letal. Estos restos son puestos en una caja hermética para que no los rescaten de la basura y los devoren los vagabundos de Tokio. Los que acabarían paralizados como estatuas.
Los que saborearon por error la toxina son encerrados en un ataúd. Se esperan tres días a ver qué ocurre con ellos. Es posible que se sumerjan en las aguas de un coma profundo y, equivocados, los pongan bajo tierra. La muerte aparece en el 60 % de los casos, dicen, pero como en la política, nadie se fía de las estadísticas.
La carne limpia es servida y alabada por todos.
La carne limpia hace bajar la temperatura del sudor y una fugaz vibración en el espinazo.
La carne limpia indica que el cocinero, con el cuchillo especial hiki fugu, ha vencido a la muerte. Entonces el sashimi (especie de sushi) celebra loas a la sofisticada exquisitez.
Nadie puede saber qué sueña un Fugu, el pez globo atrapado en una pecera de cristal que observa el tecnológico bullicio de una calle de Osaka antes de ser devorado. Quizá sea sencillo: mantenerse en la pecera, sin gravedad, ausente, en un decorado transparente, perdido en una quimera de colores extraños, en la profundidad del micro abismo.

(Dos)


Kaito Haruki siente que sus músculos pierden fuerza y que la respiración se desvanece mientras su corazón galopa, a paso firme, hacia la nada.
Piensa en la Ricina ingerida, mira su pequeña botella sobre la mesa y sabe que su veneno es mil veces superior al del Curare, y el suficiente como para matar a quince comensales: a toda una familia, a una fila del banco, a la alineación completa de un equipo de fútbol.
Kaito comienza a notar cómo avanza la parálisis por su cuerpo, invadiendo su carne limpia. Piensa en sus restos dentro de una caja hermética en algún cementerio de Tokio, tieso y frío como una estatua.
Así comienza a sumergirse en las aguas de un coma profundo. Kaito Haruki, un Hikikomori más de la sociedad japonesa, en los que la muerte aparece en el 60 % de los casos, dicen, pero como en la política, nadie se fía de las estadísticas.
Kaito Haruki se sintió rechazado por todos.
Kaito Haruki nota cómo baja su temperatura y una fugaz vibración en el espinazo.
Nadie podrá saber qué sintió Kaito recluido en su habitación, agobiado por el tecnológico bullicio de una calle de Osaka antes de morir. Quizá sea sencillo: mantenerse en su pecera, sin gravedad, ausente, en un decorado transparente, perdido en una quimera de colores extraños, en la profundidad del micro abismo.



Párita Liche

La maleta del hotel Fornos


Sepan ustedes, señores, que yo nací el año del cólera, de la salida del tranque de Mena, de la voladura del puente Cal y Canto; Rubén Darío acababa de lanzar desde los cerros de mi natal Valparaíso un inmenso grito Azul a toda el habla hispana y el presidente Balmaceda se paseaba por los pasillos de La Moneda (el olor de la tragedia ya comenzaba a impregnar la vieja construcción de Toesca). En ese ambiente vine al mundo, y muy temprano los hechos reales comenzaron a interesarme. Así, mi lectura favorita fue el mundo mismo, el fair divers en la vida y en los diarios. Recuerdo con gran alegría mi asombro infantil cuando descubrí La Lira Chilena, primer periódico ilustrado de mis tiempos. Esperaba con ansias los domingos para leerla; y el contagio fue crónico: ya en mí primera juventud quise ver mi letra impresa, de molde, grabada en el papel. Lo tenía claro. Por si no lo saben, junto a mi amigo el poeta Alberto Díaz Rojas en el primer año del siglo ya teníamos nuestro primer periódico. Mi madre creyó en la idea y con eso pagamos la imprenta. La verdad es que no fuimos muy ingeniosos en su nombre: La juventud. Su final fue dramático pero alentador: mi padre se opuso a la idea, le parecio un insulto hacer mofa de los políticos de la época, y la imberbe publicación se transformó un humo y cenizas, pero esa pequena tragedia marcó mi destino.

Toda mi vida viví con el peso de mi apellido, con las miradas de envidia de los mediocres de la pequeña aldea. La discriminación a la inversa. La eterna lucha de clases. Mi padre comenzó como minero y terminó como banquero, rico, pero eso no era mi culpa. Después de todo gracias a eso pude ver el mundo: vivirlo, andarlo, hasta ponerlo en la ruleta: la sensación de tenerlo entre las manos, ganarlo y perderlo mientras gira la bolita. Pero eso fue después. Antes, para el terremoto de Valparaíso de 1905, yo estaba en Europa (qué impresión más grata!!). A mi regreso, enguantado en suaves casimires de Debacker, saturado de la primera petulancia volteriana y zolesca, pude ver las calles de mi infancia convertidas en terrones, madera y alambre. Luego, ataviado con mi mejor atuendo europeo, me instale en Santiago y me dispuse a pasear por el centro u ombligo de la ciudad provinciana (aún ahora) que fundara Pedro de Valdivia. Entonces, en la calle de "procesión", esta es la calle Estado, se notaba la presencia de todo forastero; las miradas fusilaban a cualquiera que no hubiera nacido y vivido en la cultura mapochina, domiciliado entre Matucana y Mosqueto. (Nunca entendí el nombre de la calle Estado. Significa tantas cosas que por sí sola no significa nada. ¿Estado? Qué clase de estado. En la Enciclopedia de mi biblioteca llena cuatro páginas. ¿Estado llano? ¿Estado interesante? ¿Estado patológico? ¿Estado de ebriedad? ¿Estado común? ¿Estado de inocencia? Estado, en política, es país. Puede ser república, reino, imperio o principado. Un país tiene varios estados... ¿Qué me dicen de los Estados Unidos? En fin, la palabra Estado por si sola es hueca. No pocas veces la calle Estado estuvo en mal Estado. "En mi estado todo es del Estado", alegaba Sancho Panza. Quizá sería mejor llamarla calle de La Quintrala, por ejemplo. Es más concreto. Estado es el nombre inexpresivo de la confusión, de lo inconcluso y amorfo... Los chilenos sufrimos de estos males).



El año del centenario decidí que era el momento de publicar los manuscritos que había paseado durante meses de hotel en hotel. Una vez la maleta con las decenas de carillas en su interior había quedado de "rehén" en el sucio hotel Fornos, en la calle Ahumada. Como es costumbre en nuestro país el edificio ya no existe. Se lo comió el "progreso": esa ingenua pretensión provinciana. Entonces fui a rescatarla, esto es a pagar la cuenta. Lo que más me interesaba de la maleta era el manuscrito, nadie lo conocía, estaba escrito con ortografía de Bello, de un tirón, con letra nerviosa, casi sin borrones. Dicen que Mistral, el poeta provenzal, escribió bajo el dictado de las santas. Y yo todavía no sé cómo me salió eso. Una fuerza ciega, como instintiva, se apodero de mi pluma. Yo era entonces un mozalbete atiborrado de imágenes internacionales y de lecturas desordenadas, sin organización. Dice Thomas Mann: "escritor es el que escribe con gran dificultad", y yo escribía entonces con diabólica facilidad. Recuerdo que durante los primeros días de agosto me encontré en Ahumada esquina Agustinas con mi amigo Arturo Wittig Iñiguez, y éste me contó que trabajaba en la Imprenta Universo. Entonces me pareció oportuno y le hable de mi novelita, de esa pequena historia capitalina; Arturo me pidió los manuscritos y al mes siguiente pude verla publicada. Fue así de rápido... Y fue maravilloso. Explosión parecida a la de ese librito en Santiago no se ha conocido. No! no! no! Ustedes los de hoy se reirían de eso. Pregúntenles a sus abuelos. Quizá vale bien poco ahora, pero en el momento de publicarlo me sucedió algo increíble: yo ya no era yo; sin quererlo había creado a un personaje un tanto fantástico y de larga vida: el escritor. La novela fue un rotundo éxito, de público y de crítica. Jamás olvidare la nota del crítico Víctor Noir en el diario La Mañana, aparecida el mismo 18 de septiembre del centenario patrio, la que terminaba así: "Puede parodiar a Lord Byron, despertó una mañana famoso". Esto era demasiado. La novela, al decir del público, estaba en clave. Y el más sorprendido fui yo. El diablo se había metido en mi pluma. Además, algo extraño comenzaba a pasar en Santiago entonces, la ciudad lineal, con su gravedad castellana, empezó a perder el equilibrio: aparecían las construcciones de altura, sin plan, sin ton ni son, que le dan ahora un aspecto de mandíbula con dientes irregulares. A los diez días de haber publicado la novela me sentí héroe de una diabólica celebridad. La mitad del público me odiaba y la otra mitad me aplaudía. Decían que le había faltado el respeto a mi clase, a mi familia. Es difícil escribir sobre aspectos familiares en Chile, no faltan los parientes siúticos que se alteran y amenazan con vetarte en las páginas de su caricatura del Times de Londres. Yo no viví nunca para la opinión pública, pero sentí el vacio social que entonces me hicieron. Me sentía inocente, no pensé en clave, pero me traicionó la imaginación. Esas sucias páginas del manuscrito, ocultas en la vieja maleta, en cuartos oscuros y húmedos, de pronto cambio de pelo como el gusano que se hace mariposa, y me ayudo a volar. Curiosamente días inolvidables siguieron a medida que yo era más indeseable para mi entorno. Entonces decidí refugiarme en cierta casa de mal vivir en la calle San Borja, en el antiguo Chuchunco, al final de Santiago. De ahí partí a Buenos Aires, pero yo deseaba ir un poco más lejos, deseaba huir de verdad, quizá la sensación de alejamiento que da otra lengua, y pensé en Brasil. Quise ver de nuevo la Rua Do Ouvidor, disfrutar de ese cálido crepúsculo de Río de Janeiro. En esos tiempo se viajaba sin trabas, sin tanto papeleo o autorización, uno se ponía el nombre que le daba la gana. Nadie preguntaba nada. En el puerto del barrio La Boca me metí en un barco de la Cia. De Chargeus Reunis para desembarcar en el puerto carioca... Todavía no pasaba la ventolera producida por mi primera novela y ya, en sólo dos días, tenía escrito un nuevo libro, una especie de prueba de fuego de un corresponsal viajero, o lo que en estos días llaman crónica. Ahora, al mirar hacia atrás, quizá ese libro sea lo mejor de mi periodismo. Aunque sin moverme de mi escritorio, sin salir del aislamiento andino de la extensa faja, siempre me sentí un cronista viajero. Con dos libros que habían hecho cierto ruido pensé que era mejor no quedarse en Chile. Al menos por un tiempo. Entonces me largué a París y me instale en un hotelito pequeño y tranquilo en el número sesenta de la Rue Pigalle. En el café de enfrente de mi hotel conocí a Elodie, una chica alegre y parlanchina que me alegraba los días. Recuerdo la tarde en que fuimos al bosque de Boulogne y Vincennes, tomados de la mano, en silencio, sintiendo que el futuro era nuestro. Como olvidarlo. Con ella vi como se fue el sol detrás de un encaje de árboles en un cielo primero rosado y luego cubierto con un velo de color violeta. El crepúsculo fue muy largo, casi detenido en un esfuerzo por durar, como para quedarse en nuestra memoria para siempre. Quizá el último crepúsculo de una belleza incomparable. Al día siguiente estallo la guerra. Vi pasar a París en vértigo de la paz a la guerra. Vi desaparecer de un golpe ese mundo que sólo ahora podemos apreciar, y que llamamos la' avant guerre. La ciudad entro entonces en una violenta ebullición, en un murmullo infinito como de río cordillerano. Los parisinos comenzaron a saquear las tiendas de los alemanes a plena luz del día y a vista y paciencia de la policía. Estaban enloquecidos. Ya no les importaba nada. Así las cosas la Ley de Clemanceau me obligaba a ir al frente de batalla, en regimientos disciplinarios. Dicho documento decretaba que todos los residentes en París de descendencia británica, francesa, italiana, rumana o serbia debíamos presentarnos, y yo calzaba en esta categoría. Por supuesto me negué. Me parecía una locura. Pensé que me libraba, pero al cabo de unos días fui detenido por desertor en el Hotel Friedland, donde me había parapetado, y llevado, a patadas, a Saint Denis y enrolado en el 5° regimiento de zuavos. Gracias a las gestiones de mi hermano Emilio, entonces cónsul de Chile en Liverpool, me pusieron en libertad. Ahora pienso que fue una torpeza imperdonable de mi parte no aceptar los acontecimientos tal como se me presentaron, pues estoy convencido de que en el destino de los escritores lo más importante es poner en el espíritu el mayor número de grabados con la calidad más fuerte y luminosa que sea posible, como los grabados de Durero. Pero hace tantos años ya de de eso, cuando aun me quedaban fuerzas y podía levantarme y seguir adelante. Ahora ya no puedo levantar ni mis propios pies y la única mano que puedo utilizar no deja de temblarme.



Después de la guerra quise regresar a mi patria. No hay nada más desagradable para un sudamericano que el lado avaro y desconfiado de Europa. Y yo venía de la Europa escéptica y desgarrada. Venia de la Europa burguesa, económica y pacata: los efectos de la guerra habían sido tremendos. Y no era para menos después de tamaña tragedia.
Llegue a Chile en 1920, tras una ausencia de nueve años, y como era la costumbre entonces me hice alessandrista a ultranza (el rugido del León se oía hasta en la Antártica). Además pronto pude publicar una nueva novela (el barrio de la Estación Central siempre me pareció el escenario natural para esa historia), lo que, sumado a lo publicado antes, me dio una notoriedad desagradable que nadie podría imaginar si no lo vio entonces... Pero qué diablos!! Estaba en Chile y debía seguir escribiendo. Ya en París había adelantado algo para mi regreso. Mi primo Andrés Balmaceda me contacto con don Eliodoro Yáñez, en ese entonces propietario de La Nación, para hacerme colaborar en ese diario. (Ese señor fue de lo más prestigioso y sólido que tuvo nuestra historia política. Todos los chilenos patriotas hubiéramos deseado verlo siempre al mando del Ministerio de Relaciones Exteriores para que nuestro país hubiera tomado un rumbo decisivo, pero entonces éramos todavía un país demasiado joven: nos confundíamos y fascinábamos fácilmente). Entonces comencé a colaborar en dicho matutino con los más diversos temas, nutriéndome de las tripas mismas de la actualidad. Estimo que los artículos de los diarios deben ser democráticos y sencillos, al alcance de todos los entendimientos, sin rimbombancias ni fanfarrones obstáculos lingüísticos. El diario moderno es del pueblo, un arma de las masas, debe reflejar ideas populares, ansias nacionales. Además, creo que el merito mayor del cronista es conseguir una marca de fábrica, personal, que lo haga inconfundible y atrayente, quizá lo que llaman Estilo. Conviene apretar y despojar los escritos para decir el mayor número de cosas con el menor número de palabras. Se equivoca Arthur Miller al decir que el periodismo es escribir sobre hielo... nada de eso, se debe ser capaz de ver el resorte de las personas y las cosas, sus engranajes y tornillos. Es quizá esa constante observación lo que lo hace a uno melancólico, silencioso y distante... y siempre se me acuso de eso. A veces el croniqueur es un bufón sombrío en el drama humano. Saber relatar es un tesoro, pero, ¿lo estima así el público? ¿Quedara algo de lo trabajado después de medio siglo? Y a quién le importa... De pronto la pregunta de algún impertinente me hiela: ¿Sigue escribiendo sus cositas en el diario?
Ahora llaman ludópata a los jugadores empedernidos. A los que son capaces de apostar todo lo que tienen, hasta la última chaucha... y yo fui uno de esos (Que manía más ridícula esa la de los eufemismos, para todo hay uno. Ahora no somos viejos: somos la tercera edad). Esa debilidad me hizo jugar en diversos países desde muy joven. Jugué con pasión, casi con delirio. Jugué en París; en las casas de chinos de Lima; jugué a las quinelas en la Habana; jugué en garitos madrileños (donde me llamaban "chinelo"); en el barrio de Pera en Constantinopla, en la calle Victoriec de Bucarest; jugué en Londres... y qué se yo donde más!! Jugué en ciertas horas de locura, quizá de inconsciencia. Al recordarlo puedo verme temblando como condenado a muerte, de pie frente al paredón, en salas calefaccionadas cubiertas de alfombras persas, las miradas en la espalda, el sudor de las manos y los ojos de los adversarios perforándome las pupilas. En el tapete de la mesa es posible vivir todas las pasiones en pocas horas: uno es rico, uno es miserable, uno es generoso, uno es avaro, uno es amante, uno es narciso y hasta asesino... y todo mientras pasan las cartas o gira la ruleta. Y así se fue todo (todo lo reservado para una vida), con la magia de esfumarse que sólo el dinero posee.

Marta ya anda por ahí, escucho sus pasos en el tinglado de la cocina. Ella es más madrugadora que yo, seguramente me prepara el desayuno, como cada mañana, y me lo traerá a mi archivo mientras reviso la prensa. Mi martita. ¿Que hubiera sido de mi sin esa mujer con alma de ángel? Navokov le dedicó todos sus libros a su mujer, Vera; para mí eso sería poco, a mi Marta yo casi le debo la vida. Recuerdo cuando luego de casarnos nos instalamos en este barrio discreto y silencioso: el barrio Brasil. Aquí, entre las multicolores fachadas continuas de la calle Santo Domingo, fijamos nuestro hogar. Yo viví algunos años en Providencia, sin dejar de creer que lo mejor de Santiago está en el cuadrilátero Alameda, Dieciocho, Ejercito y el Parque Cousiño. A esta hora me gusta escuchar las campanadas matutinas del convento de Los Capuchinos. Este convento tiene carácter, con su anteiglesia, sus rejas, su soledad de otoño, su aislamiento, su busto de San Francisco con sus inscripciones borrosas. Este barrio también tiene otros templos de historia marchita, como La Preciosa Sangre: escenario del romántico rapto (como de novela medieval) de teresita en brazos del poeta de Cartagena.
Lo primero que hago al despertar es meterme en mi archivo. Casi vivo aquí. Gasto en él varias horas del día. Mi archivo vale más que mis escritos; es mi obra maestra. Cada mañana entro en el terreno desigual de los diarios para cosecharlos, esto es, para sacar de ellos lo más importante para mí. Cazo noticias sin cesar. La noticia es movimiento y ejercicio. Se cazan noticias como mariposas… pero desde hace un tiempo esas energías se me han esfumado, trato de recuperarlas y me motivo en las horas de insomnio y al abrir los ojos y salgo de la cama como para el trabajo. Casi por cumplir. Pero ya no me concentro, me quedo mirando la ventana y el Ceibo de la calle, el que cortan de vez en cuando los niños que pasan para la escuela.
Cada vez que me siento triste pienso en el viejo Valparaíso y su gente, y vuelvo a ser feliz. Los olmos de la plaza Victoria, la antigua confitería Fouché en la avenida Pedro Montt, la casa de mi tío Agustín Ross en la avenida Argentina, y otra vez los evoco en mi memoria y dejo de ser el santiaguino gris en el que me he convertido. "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir..." siempre me gusto ese verso… donde quiera que miro veo muertos y más muertos. En mi mente hay más muertos que vivos, ya se han ido todos (alguien debe quedarse para escribir los epitafios). Y creo que es el final: el desengaño y el fin de las ilusiones necesarias. Tan diferente veo ya todo: el cielo, la gente, las calles... todo se ha transformado en mi espíritu, en un pesar, en un quebranto como decía la Violeta. Los palacios de la aristocracia santiaguina, admirados por mis ojos de niño, se han empequeñecido y enturbiado. La ciudad se ha vuelto más fea, más ordinaria y confusa, con un ritmo esquizofrénico. Los personajes santiaguinos, como sus casas, se achataron. La vida misma, con su pretensión misma de cultura, se ha revelado falsa, hipócrita, miserable. Y ahora estoy aquí, en esta silla ridícula, sin poder moverme, transitando con dificultad de una habitación a otra, recluido en mi casa, en mi archivo. Ya es suficiente. Y que más se puede pedir después de haber visto cambiar el mundo. Después de dos guerras tremendas y sanguinarias. Después de la masacre de la bomba atómica... y vaya a saber uno que más nos queda por ver!!
Y si existe el paraíso, ¿cómo imaginarlo? Para mí debería tener la forma de un gran casino calefaccionado, y con bar, y a la salida, luego de haber acertado varios plenos, yo repartiría todo entre los niños y las mujeres pobres. Al verlos sonreír, incrédulos, yo sería feliz por toda la eternidad. Es lunes 19 de febrero. El verano es de las mises y de los suicidios. Según las estadísticas, los suicidios se dan más en verano que en cualquier otra época del año. En los días bonitos y no en los llamados grises. El espíritu se descompone principalmente bajo el sol, en primavera o en verano. Ocho y treinta de la mañana, y no pude dormir en toda la noche... Se acabo. Me voy. Perdóname Marta. Te quiero. Adiós.

Ya cumplió los cinco años...



Leo juega y se ve entretenido, entusiasmado, disfrutando. Es un espectáculo. Todo lo procesa su cabeza, el disco duro de Leo es capaz de transmitir a su zurda una orden a una velocidad increíble.
Han pasado cinco años desde que Frank Rijkaard se llevó a Lionel Messi a Oporto, Portugal, para un amistoso que servía como inauguración del nuevo estadio de los dragones. Era un 16 de noviembre del 2003. Leo apenas hablaba, era un pibe tímido que buscaba protección, y de repente se encontró creciendo protegido por Ronaldinho y Deco, que de fútbol siempre han entendido. Ha vivido tanto, mucho, en cinco años que no podía celebrar el feliz acontecimiento de cinco años en la elite mundial de mejor forma que marcando goles.
Le sienta bien a Leo Messi el liderato, le sienta de maravilla sentirse líder del equipo en el cancha y que el equipo domine la clasificación. Leo es grande por el fútbol de 'potreros' que emana su juego, es enorme porque parece un calco de Maradona, ¡y apenas lo vio jugar!, es grandioso porque no hay otro que lleve la pelota pegadita a los pies como él y menos a esa velocidad que sólo es posible detener lanzándose con saña a sus frágiles tobillos.
En los cinco años que ha pasado desde que debutó, Leo ha aprendido a moverse entre los grandes, ahora, con Guardiola, se da cuenta que aún puede aprender más, que ha encontrado al técnico ideal para entrar en la historia de los más grandes.



Rijkaard lo dejaba ser, nunca coartó su creatividad, le pedía que se divirtiese, parecía que lo soltaba a la calle para que jugase como en su Rosario natal y le decía que abriese los ojos, que al lado de los grandes aprendería mucho. Rijkaard nunca le puso reglas, por eso creció Leo, libre, desinhibido, alegre.
Pero llega un momento en la vida en el que debes asumir responsabilidades. Llega un momento en el que toca madurar y ahí está Guardiola para ayudarle. Es un lenguaje entre peloteros. Guardiola no tiene la necesidad de proteger a Leo, ya no es un niño, sólo tiene que marcarle las normas de supervivencia en la selva del fútbol. Guardiola está ahí para ayudarle a ser el líder de un equipo campeón, no sólo a sorprender con sus jugadas de video juego y sus golazos. Ese es el papel de Leo cinco años después. Ahora, Messi es la comunión de los devotos de la esférica.

Maradona, otra vez frente a la línea blanca (de la cancha)




Diego corre solo con la pelota. Veloz. Se escabulle por una orilla como en el famoso gol a Inglaterra en el mundial de México 86. Si entonces esquivó a cinco jugadores que no pudieron derribarlo, ahora, como técnico de la selección Argentina, enfrenta a escépticos, periodista críticos, un sector del mundo del fútbol que denuncia que el título de entrenador se lo regalaron sin hacer el curso.
Para empezar el pelusa debe sortear dos pruebas clave: armar el cuerpo técnico ante la deserción de algunos ex compañeros del 86 y luego poner en el campo a un triangulo maravilloso formado por Messi, el Kun y Tévez y hacerlos brillar para colmar la expectativa de los convencidos. Tarea nada fácil. Pero Maradona resiste y avanza, con la misma confianza en sí mismo que cuando marcó el mejor gol de la historia de los mundiales. Desde su casa en Ezeiza, atendió a la prensa que lo fue a saludar por el festejo de su cumpleaños número 48. Se mostró contento, pero distante y frío.
El debut de Maradona será el próximo 19 de noviembre en Glasgow ante la selección de Escocia, una ciudad que le trae recuerdos. "Allí debuté con la selección de Menotti e hice un gol", rememoró, y agregó que es una tierra donde "soy adorado" por el gol a los ingleses.
Han pasado ya más de 13 años desde que Diego Maradona, el pelusa, se sentó por última vez en un banquillo como entrenador de un equipo de fútbol. Fue en la Liga argentina (torneo de Clausura 1995), dirigiendo a Racing Club, su segunda y última experiencia como director técnico luego de su estreno en el ya desaparecido Mandiyú de Corrientes.
Es mucho el tiempo transcurrido y muy poca la experiencia (entre ambos equipos dirigió apenas 23 partidos, de los cuales empató 12, perdió 8 y ganó sólo 3) como para aventurar un análisis o trazar algún tipo de paralelismo. Además, el Maradona de aquellos días no es el de hoy. Por aquel entonces el pelusa se sentía, más que un joven entrenador, un veterano futbolista (de hecho volvió a jugar más tarde) y su aventura al otro lado de la línea de cal se pareció más bien a uno más de sus caprichos que a algo realmente serio.
Más allá de la experiencia de los años -seguramente un aspecto a tener muy en cuenta-, el principal cambio en toda esta historia radica en la salud de Diego. En aquellos días Maradona estaba perdido en el laberinto de sus adicciones y su cabeza pasaba mucho más tiempo fuera del fútbol que dentro de él. Hoy, curado y disfrutando de las cosas importantes de la vida por primera vez en muchos años, se lo nota tranquilo, sereno y con los objetivos bien claros. Frontal y polémico como siempre, de eso no quedan dudas, pero sano y, al parecer, con las ideas en orden.
Sin embargo, más allá del paso del tiempo, hay cuestiones de la personalidad que no cambian y por eso seguramente habrá algún que otro punto en común entre éste y aquel Diego entrenador.
El más importante, sin dudas, es la llegada al jugador. Quienes fueron sus dirigidos en Mandiyú y Racing recuerdan gratamente la facilidad que tenía Diego para transmitir su mensaje, para motivar y para levantarles el ánimo. Lo mismo sucede con los integrantes del equipo olímpico que se coronó en Pekín, donde el astro, sin ningún cargo oficial, estuvo bien cerca de "los muchachos", como a él le gusta llamarlos.
Otros aspectos que también seguramente se repetirán son su inquietud, sus gestos y su permanente movimiento luego del pitazo inicial. Resulta muy raro imaginarse a un Maradona sereno, observando el juego sentado y sin dar muchas indicaciones…
Sus corbatas multicolores, marca registrada de aquella época, quedarán como un pintoresco recuerdo del pasado, y lo mismo esperan Julio Grondona y compañía que suceda con aquellas anécdotas de pura polémica, como las reiteradas ocasiones en que se fue expulsado por insultar al árbitro o esa tarde en la que, para responder a los insultos en su contra, no tuvo mejor idea que desafiar a todo un estadio festejando un tanto de su equipo con sus dos dedos centrales levantados y apuntando al cielo. Pero ahora, como siempre, Maradona sabrá esquivarlos y llegar al área como sólo él sabe hacerlo. Como siempre.




Párita Liche

Mi jardín es mío



Cuando el juez le preguntó por todos los crímenes de los que se le acusaba, él se mostró ofendido, como si le estuviese haciendo una pregunta de carácter personal, casi íntimo. Bajo la vista lo que dura un pestañeo y luego miró directo a los ojos al magistrado:
- Perdone, señor Juez, pero es que no sé a qué viene ahora esa pregunta. La justicia debería arreglar otros problemas que hay, que no son pocos. Hoy en día hay mucha delincuencia callejera, no puedes salir a la calle con la inseguridad que hay, deberían preocuparse de las cosas que realmente importan a la gente. Además, aquello por lo que me pregunta sucedió hace mucho tiempo.
Los asistentes judiciales se miraron. Parecía que se dividían entre los que apoyaban lo que decía el acusado y los que escuchaban incrédulos el cinismo del individuo.
Entonces el juez le preguntó por todos los cadáveres que se encontraron enterrados en su jardín.
- ¿De verdad me pregunta ahora por eso? Han estado enterrados ahí siempre y me pregunta ahora. Si de eso hace décadas, ya casi ni me acuerdo. Además, ¿Usted qué se cree? Aquellos que estaban enterrados no eran ningunos santos, sabe, también mataron y enterraron a otra gente, no se me puede echar la culpa a mí por todo lo que ocurrió si aquí nadie está libre de pecado. Nadie.
El hombre parecía debilitado por el inevitable paso de los años, los que le habían otorgado un aspecto de anciano inofensivo y débil, impresión que él mismo se encargaba de borrar con visos de una pasada y decadente soberbia.
El fiscal mostró las pruebas en las que se demostraba que el acusado era el principal sospechoso de las desapariciones y asesinatos de todas esas osamentas humanas que se habían exhumado en su propiedad.
- Sí, vale, Señor Juez, puede que haya sido yo - admitió el anciano -, pero no tiene ningún sentido que me juzguen ahora. El mal ya está hecho. Lo único que conseguirán con esto es reabrir las heridas del pasado. No me deberían juzgar, es mejor dejar las cosas como están; no tiene ningún sentido acusarme de algo que hice en defensa propia hace muchos años. Además, los cadáveres estaban muy bien en mi jardín, no sé para qué los tuvieron que desenterrar si estaban descansando en paz. Estaban todos juntitos en una fosa, ya no sentían nada y estaban bien. Además, tenía el jardín precioso y ahora parece un pantanal. Los han sacado para montar un circo. Yo creo que usted lo único que quiere es acusarme para desviar la atención de otros temas importantes, ¿verdad?
El juez le preguntó si tenía algo más que declarar.
- ¡No me pueden acusar por lo que hice! Además, por aquel entonces en mi casa yo hacía mis leyes y no era delito hacer lo que yo quisiera. Era mi casa. Si yo tenía que matar a alguien lo mataba, no iba en contra de mi ley. Yo no soy como esos partidarios de Kant que creen que hay valores universales como los de no matar, no agredir y todos cuentos. Yo soy partidario de las leyes, y si en aquel entonces yo hacía la ley no cometía ningún delito. Así que están todos en un error por querer reabrir heridas del pasado.


Tras escuchar las declaraciones del principal acusado, al jurado no le quedó más opción que retirarse a deliberar.


Párita Liche

RELATOS DESDE LA ISLA


Nueva Narrativa Cubana
Jacqueline Shor (Comp.) Edit. RIL
La literatura Cubana, con José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y más recientemente con Pedro Juan Gutiérrez, entre otros, ha trascendido los límites de la isla y se ha transformado en una de las más sólidas y originales de Latinoamérica: por su variedad de estilos y temáticas, por, pese a sus limitaciones políticas, por su frescura, pero también por la influencia que ejerció y ejerce en toda la creación literaria del continente (basta recordar a Carpentier y su decisiva influencia en el explotado “realismo mágico”).
Esta antología de Jacqueline Shor, reúne a dieciséis escritores nacidos entre 1958 y 1983; en cuanto a estilo, la escritura vibra en matices que van de lo tradicional a lo más contemporáneo (y todo lo que quepa dentro y entre estas dos palabras). Lo que une a las historias de esta antología es el hecho de haber sido escritas por autores que pertenecen al período de la Revolución y que tienen la particularidad de no haber salido nunca de Cuba. Sin embargo, la Revolución de Castro (1959), como pudiera pensarse, no es el tópico central de los relatos, pero sin duda aparece como música de fondo en algunos de ellos en historias donde sus personajes intentan explicarse, a si mismos y a sus lectores, la “aventura” de sobrevivir en la isla.
Así nos encontramos paseando por el Malecón (quintaesencia de la Habana) a bordo de una “flacucha” (bicicleta), contemplando la gran cantidad de extranjeros en busca de “jineteras” (prostitutas), en una ciudad donde la arquitectura y el paisaje parecen haberse congelado en una fotografía de los años cincuenta arruinada por el paso del tiempo.
Algunos de los puntos altos de esta antología son los cuentos: Josiane (Nelton Pérez), El Inquilino (Manuel Navea), Un Solo de Saxo para La Mundana (Miguel Terry Valdespino) y Eso Son Las Amigas (Rebeca Murga). Relatos de un estilo ameno, llenos de poesía y que dan cuenta de narradores de oficio. Sin embargo, la antología en su conjunto se impone por su calidad y nos entrega una mirada caleidoscópica y llena de matices de la Cuba actual, la de los “Hijos de la Revolucion”.



Párita Liche

El intelectual discrepante no tiene medios de expresión


Entrevista al escritor Hernán Valdés



Hernán Valdés (Santiago, Chile 1934) fue quien dio el primer testimonio que denunciaba las atrocidades que estaban siendo cometidas por los canes de Pinochet. El mismo día 11 de septiembre, el Centro de Estudios de la Realidad Nacional de la Universidad Católica, su lugar de trabajo, era allanado y desmantelado por una patrulla militar. En aquellos días, Valdés había comenzado a dar forma a su novela A partir del fin (Era, México, 1981; Lom, Chile, 2004); en eso estaba cuando el 12 de febrero de 1974, todo se vio interrumpido cuando varios hombres armados se presentaron en su departamento. Así, era invitado a continuar la charla en un cuartel. Luego sería llevado a Tejas Verdes. Un mes de estadía en tan horrible lugar sería tiempo más que suficiente para decidirse a abandonar el país. Luego de su asilo en la embajada de Suecia, llega el viaje sin boleto de regreso. Una vez en Europa, y con la necesidad de denunciar las atrocidades de la dictadura, publica Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile (Ariel, Barcelona, 1974. Lom, Santiago, 1996), traducido simultáneamente a varios idiomas. A través de estas páginas, fechadas desde el 12 de febrero y el 15 de marzo de 1974, es posible conocer los horrores de la tortura y la prisión y la bien cuidada prosa de su autor. Después vino A partir del fin, publicada tardíamente en Chile y resistida por la izquierda es, si alguna justicia literaria existiera, la gran novela sobre el golpe. Su último libro publicado en Chile, Fantasmas literarios. Una convocación (Aguilar, 2005), es un emotivo retrato de la vida literaria de la década del cincuenta y sesenta. Por sus páginas desfilan nombres como los de Neruda, Teofilo Cid, Nicanor Parra, Carlos de Rokha, Jorge Teillier, Stella Díaz Varín y, seguramente, la mejor y más emocionante evocación que se ha hecho sobre el poeta Enrique Lihn, su amigo personal. Con Fantasmas… Valdés obtuvo una excelente recepción de la crítica y el Premio Altazor, reconocimiento que es otorgado por los propios escritores. Completamente ajeno a toda camarilla literaria local, este “exiliado vitalicio”, desde su residencia en Alemania, accede amablemente a esta conversación:

Quisiera comenzar preguntándole en qué trabaja actualmente… ¿tendremos pronto un nuevo libro de Hernán Valdés por estos lares?

No creo que tan pronto. Me han hecho ver que en Chile la literatura no se vende, y las editoriales, si es que ofrecen una publicación, lo hacen en condiciones deshonorantes. Tendré una nueva novela terminada probablemente a fines de año, pero la escribo para mi propia diversión y debido al horror que me produce la consideración de que lo que no se escribe simplemente no existe, no existirá.


Con las complicaciones que tuvo su novela A partir del fin para ser publicada, tanto en España como en México, y su tardía publicación en Chile – a ecepción de Tejas verdes – ¿siente que no se ha sabido leer su obra, incluyendo nuestro país?

Es curioso, parece que he tenido más aceptación como documentalista que como novelista. Es que mis novelas no son, aparentemente, fáciles. Zoom, es cierto, necesitaría una revisión y remodelación, en gran parte. A partir del fin ha sido comprendida por pocas personas, y espero que algún día se la lea con nuevos ojos. Porque, hasta aquí, ha sido considerada como una novela sobre el Golpe, y en este sentido repudiada o celebrada. Pero esa lectura es bastante equivocada. El Golpe, y sus circunstancias, no son más que un pretexto, una situación marco, para exponer las reacciones subjetivas del personaje respecto a esta experiencia, respecto al desmoronamiento paralelo de su vida política y sentimental.


En junio recién pasado falleció Stella Díaz Varín en el más completo olvido. La prensa lo mencionó, a excepción de Lafourcade, en breves espacios, pero nadie dijo nada… Tengo la sensación de que hace cuarenta o cincuenta años atrás, puntualmente en Chile, el oficio de escritor gozaba de más notoriedad, espacio, incluso me atrevería a decir respeto… ¿Cree usted que en la actualidad todo eso se ha ido perdiendo?

Creo que eso se ha ido perdiendo en todo el mundo. Los medios audiovisuales han sustraído casi totalmente la atención que antes se dirigía a los libros. El rol de los intelectuales ha desaparecido casi por completo, en especial porque ha desaparecido totalmente el apoyo político que muchas veces les sustentaba. Desaparecida la izquierda del planeta, con todos los medios de difusión de que disponía, hoy un intelectual, especialmente el discrepante, no tiene medios de expresión. Además, la privatización de la cultura ha cerrado muchas posibilidades de sobrevivencia y expresión para los intelectuales. A todo eso hay que agregar que ya en los años 60 emergió –y no sólo en Chile–- una nueva burguesía empresarial, que suplantó a la anterior, en la que predominaban las profesiones liberales y humanísticas, y entre cuyos miembros el gusto por las artes y la literatura eran factores de prestigio. En Chile se han sucedido varios gobiernos llamados socialistas tras el Golpe: pues ninguno de ellos ha sido capaz de crear un espacio para la cultura, libre de la privatización, espacio que antes procuraban las universidades. Stella, como tantos otros, vivió en la miseria y murió en la miseria. Una institución de apoyo, una especie de fundación cultural, habría evitado estas situaciones vergonzantes, las evitaría ahora mismo y en el futuro.


Usted vive en Alemania hace más de veinte años, ¿nunca ha pensado volver a Chile?

Una pregunta que me ha hecho repetidas veces, y a la cual he respondido de diversas maneras. Volver, pero ¿por qué a Chile? Que yo recuerde, la mayoría de los exiliados volvieron porque tenían allí propiedades, familias, empleos. Había, claro, los nostálgicos de una cierta complicidad en el mal hablar, de comunicarse con gestos convencionales, de compartir mitos y navegar en el compadrismo criollo; los que vivían rodeados de íconos nacionales, incluso los que, en vez del hueso de algún santo, tenían un frasquito con tierra chilena sobre el aparador, sobre cuyo grado de contaminación no tenían idea. Y pues, yo debo ser un tipo raro, no estaba en ninguna de esas categorías: yo no me sentía exiliado de un país, sino de un proyecto político y humano de sociedad, que posteriormente las fuerzas militares que gobiernan el planeta han hecho ilusorio.


¿Mantiene algún tipo de relación con escritores, en palabras de su amigo Enrique Lihn, “del horroroso Chile”, o como dice la crítica, con el “medio literario local”?

Cuando Lihn decía eso no se refería al paisaje, que era incapaz de percibir, o que no le interesaba un comino, sino a la mentalidad reinante, al oportunismo, a la generosidad vacía de consecuencias. No, mis relaciones son muy limitadas y esporádicas. A veces recibo mensajes de elogio, como el suyo, pero sospecho que, en general, el interés por mis libros es escaso. Hay algunos que ni siquiera han sido publicados allí.


Usted dice que hay algunos libros suyos que no han sido publicados en Chile ¿A usted no le interesa publicarlos o no ha tomado contacto con los editores?

Pese a la buena acogida de Fantasmas literarios, Aguilar no se interesó por publicar otros libros míos, o si se interesó fue en condiciones muy desventajosas, que no acepté. Esperaré pues a que haya mejores ofertas.

¿Qué le parece el revival de Enrique Lihn y las numerosas publicaciones de su obra aparecidas en los últimos años? ¿Es posible leer mejor con la perspectiva que da el tiempo?

Creo que, aparte de su poesía, que fue apreciada ya tempranamente, el interés actual por Lihn tiene mucho que ver con la fascinación por su vida, que se ha
convertido en un pequeño mito, y por su manera de morir. Lihn hizo, en gran parte, un espectáculo de su vida, y no pudo resistirse a hacer también un espectáculo de su muerte. Fue un gran actor.



Felipe Reyes F.