LO NUEVO DE IAN BROWN



Hace unas semanas tuvimos la noticia de la publicación del sexto disco solista de Ian Brown, cuyo título es My Way.

Ahora el ex vocalista de The Stone Roses ha colgado una curiosa nota manuscrita en la portada de su web oficial, promocionando la salida de su nuevo disco el próximo día 28 de septiembre.

Lo más interesante es que en la propia web puede escucharse ya la canción “Satellify”, que será el single adelanto de ese nuevo trabajo del inglés, con fecha de salida para el próximo 21 de agosto http://www.ianbrown.co.uk/

Por otra parte, el próximo día 11 de agosto se publicarán las varias reediciones previstas con motivo del veinte aniversario de la aparición del homónimo e inigualable debut de The Stone Roses.





LÁGRIMAS NEGRAS






L
a tarde anterior ella abandonó la oficina dos horas más tarde de lo habitual. A la mañana siguiente llegó una hora antes para estar segura de terminar el trabajo a tiempo. Antes de salir de su casa, puso la mesa para el desayuno de los niños, les preparó su ropa, les dijo que se portaran bien, les dejó dos boletos para el metro sobre la mesa del living. También les dejó una nota: Av. Rafael Barrett esquina Domacafé, a las 12, estación Praga, teléfono de la oficina: 319 7882, y “muchos besitos”. Se encontraría con ellos en el centro, cerca de su oficina. Felipe ya era capaz de desenvolverse en la ciudad y de ocuparse de su hermano menor.
A las nueve, los llamó para saber si estaban levantados, si habían desayunado, si habían visto la ropa, los boletos del metro, la nota (y los besitos). Ellos dijeron que sí. A las diez volvió a llamar para recordarles que tendrían que salir a las once, que volvería a llamarlos antes de salir y que tenían que apagar la tele, “ahora mismo”, y en seguida dijo: “y hacer cosas inteligentes… como leer o escribir”. A las diez y media, más tranquila, vio que a ese ritmo de trabajo, en una hora, como máximo, habría terminado. Pensó que hasta tendría tiempo de tomar un café (que se lo había ganado). Salió de su oficina y se dirigió a la máquina del café. Por el camino se cruzó con Paula (sólo se saludaron). Antes de volver al trabajo, se tomó un minuto para volver a llamar a sus hijos y asegurarse de que, antes de salir, cerraran bien las ventanas, no dejaran corriendo el agua y, sobre todo, cerraran la puerta con llave. Ellos respondieron que sí. A las once, Felipe llamó a su madre: su hermano estaba sangrando por la boca. Asustada, ella le preguntó qué le había pasado. Él le respondió que no sabía, que de pronto se había puesto a sangrar solo, y que no era exactamente la boca, sino el labio. También dijo que ya estaba mejor, que ya casi no lloraba y que estaban a punto de salir para encontrarse con ella. Entonces ella dijo: “Pásame a tu hermano”. Después de colgar, ella se tomó un momento para calmarse y luego siguió con lo que estaba haciendo. A las 11: 35 apagó su computador con un gran suspiro de alivio. “Se acabó”, se dijo, “terminado”, también se dijo. Un compañero de trabajo que pasaba por ahí asomó la cabeza por el resquicio de la puerta y preguntó: “¿Te quedas?”. “No. No, acabo de terminar. Me voy… voy a juntarme con mis hijos…”. Pero el compañero no espero el final de la frase para desaparecer. Ella comenzó a ordenar un poco sus cosas, miró su reloj una vez más y volvió a repetir para si que llegaría a la hora, tal vez un poco antes. Bernales, su jefe, empujó la puerta de su oficina con una carpeta roja bajo el brazo y le dijo: “Tenemos que ver un asunto urgente”, y volvió a repetir “urgente”. ¿Si, cuándo? Dijo ella. “Ahora, es importante”, agregó Bernales sin mirarla, tratando de descifrar la lista del supermercado que estaba sobre el escritorio, y sin darle tiempo a oposición remató: “No nos tomará más de un cuarto de hora. Debo entregarlo antes de la una”, y se sentó pesadamente en la silla de enfrente del escritorio. Ella bajó la vista, suspiró, y enseguida pensó que si realmente terminaban en un cuarto de hora sólo llegaría con un pequeño retraso. Entonces se pusieron a trabajar, pero le fue difícil concentrarse. Mientras escuchaba cómo Bernales exponía el asunto, sopesando cuidadosamente cada una de sus palabras, ella lo miraba fijamente, y se preguntaba cómo había podido encontrarlo atractivo hace un tiempo. En aquel preciso instante, le parecía que tenía una cara absurda e imbécil. Bernales hablaba sin prisa, se detenía en cada uno de los detalles mientras ella miraba la acelerada carrera del reloj tratando de prestarle atención a su jefe.
No tardaron más de veinte minutos en terminar. Todavía era posible, pensó ella, y se levanto de su asiento mientras Bernales seguía pensando, acariciándose la barbilla. Entonces dejó sobre la mesa el lápiz que tenía en la mano y le soltó: “Mientras más lo pienso más me convenzo de que no podemos hacerlo así, vamos a tener problemas, porque…”. Se interrumpió al ver que ella estaba de pie frente a él, con el abrigo puesto y el bolso en la mano. “¿Está apurada?”. “Son las doce y cinco”, contestó ella, “el eclipse. ¿Usted no quiere ver el eclipse?”. “¿Es hoy?”. “Claro. Por eso estaba apurada, quedé en juntarme con mis hijos a las doce”. Bernales la interrumpió sin escuchar: “Puede poner la radio si quiere, seguro que hablan del eclipse”. Ella, abatida, se desplomó en la silla nuevamente. Y como para dejarlo claro él insistió: “Ya verá el próximo, siempre hay eclipses”. Y sin mirarla a los ojos le tendió un documento para que lo viera. Dos lágrimas negras por el maquillaje resbalaron por ambos lados de su rostro y fueron a estrellarse sobre las columnas de cifras impresas en el papel. Él se dio cuenta: “¿Está llorando?”, le preguntó. Se lo preguntó sin mirarla, con ironía, y comenzó a hacer círculos rojos alrededor de números millonarios. “Discúlpeme, es ridículo”, respondió ella, tratando de mantener firme la voz. “Váyase, si es tan importante. Terminaré solo”. “No… me quedo”, se apuró en contestar ella, y clavó sus ojos húmedos en la foto de los dos niños que tenía sobre su escritorio. “Le digo que se vaya”, insistió Bernales, “me las arreglaré solo. No sería la primera vez”. “No, prefiero quedarme… es importante”. “Usted lo ha dicho. Los eclipses son muy bonitos, pero está en juego el trabajo de nuestro departamento… y si lo echamos a perder…”. Entonces Bernales volvió a sumergirse en sus papeles a la vez que inclinaba la cabeza y torcía el labio, como remarcando la importancia de la labor. Luego de unos minutos comenzó a ser difícil continuar con la lectura de los papeles. La luz había declinado y la oficina estaba casi en penumbras. Bernales levantó la vista y sólo vio la silueta de ella, a contraluz, inmóvil, recortarse contra la ventana. Su rosto no era más que una sombra ovalada. “Parece que se está nublando”, dijo Bernales, “encienda la luz, por favor”.




F. R.

AÑOS DE RECHAZO Y MELANCOLÍA



Fotos de Morrissey en Irlanda: Aoife O`Brian





So : the choice I have made
May seem strange to you
But who asked you, anyway ?
It's my life to wreck
My own way”

Alma matters


Aún conserva el pelo suficiente para peinar, aunque con canas, su eterno jopo. Ha engordado, pero los años no han podido con su falta de pudor y aún mantiene la costumbre de lanzar la camisa al público cuando acaba un concierto. De hecho, la fotografía que ilustra la portada del primer sencillo de su último álbum, “Years of refusal”, lo muestra junto a sus músicos desnudos, con un vinilo de siete pulgadas que esquiva a la censura y custodia la fama de provocador nato de Mozz – como lo llaman (mos) sus incondicionales –. Mentón sobresaliente, patillas y el ímpetu de antaño. El mismo al que le gusta parecer inquebrantable y duro, pero que se sabe sensible y que canta al amor no correspondido, a la soledad padecida y a la tortura de recordar que cualquier tiempo pasado fue peor, pero no mucho mejor que el que viene. Esta es la enésima ocasión en la que anuncia la retirada, pero sabe que su única forma de expresión eficaz consiste en cantar su vida, y dejar de hacerlo es abandonar la idea de sentirse vivo.

Las expectativas con Morrissey siempre son altas. Y no es para menos considerando la tremenda herencia de The Smiths. Esas hermosas melodías y trágicas letras a las que Mozz nos tiene acostumbrados. Y Years of refusal no desentona.

Stephen Patrick Morrissey es inglés por casualidad —sus padres, irlandeses, emigraron a Inglaterra poco antes de su nacimiento –. Desde pequeño mantuvo una estrecha relación con su madre, mientras que cada vez tomaba más distancia debido a la tensa e incluso a veces inexistente relación con su padre. Sus primeras influencias musicales y literarias forjarían su personalidad de por vida, como los grupos femeninos de los 60s, la escasa filmografía de James Dean o la lectura de Oscar Wilde y Goethe. Su talento era desbordante, así como su fortaleza física, la que lo ayudó a superar las peores consecuencias del acoso que sufrió en la escuela por su inusual sensibilidad y dificultad para integrarse. Ya alejado de aquellos años de rechazo (Years of refusal) reconoce que se sintió solo y presionado sin saber qué hacer con su vida, y que sólo la música, la lectura y alguno que otro medicamento le sirvieron de refugio. (“Then I'll tell you the story of my life: Sixteen, clumsy and shyThe story of my life”,Half a person). Ahora que acaba de cumplir medio siglo (nació el 22 de mayo de 1959 en Davyhulme, cerca de Mánchester), no puede congratularse de que las cosas hayan cambiado demasiado.

Durante la década de los 80s su banda, The Smiths – una banda que la crítica sitúa en el germen del indie y el brit pop de los 90s y fuente posterior del sonido de grupos como Oasis o Blur no sólo sorprendió con su sonido, así como también con las continuas referencias literarias y cinematográficas en sus letras o en las portadas de sus álbumes. La polémica, la controversia y la provocación a los más puritanos y a toda autoridad de la Inglaterra de la era Tatcher no cesaron. Hasta que a fines de los 80s la banda se disolvió por diferencias creativas y Morrissey comenzó su carrera en solitario, con mucho por decir y con incunables de la música ya a sus espaldas gracias a una genialidad aún casi sin explorar y que auguraba lo que el paso de los años ha subrayado.

Todo lo que calló en su infancia lo ha cantado por escenarios de todo el mundo. Sus letras son tan personales y las referencias a episodios vitales tan concretas que cuesta creer que encajen en melodías redondas y optimistas. Morrissey contrasta su apariencia burlona con letras desgarradoramente bellas en las que admite el fracaso y niega la existencia de millones de incondicionales por todo el mundo cuando declara que morirá solo, y que lo peor de todo es que está acostumbrado a estarlo, y es así como quiere acabar su vida. En su última gira, que aún le lleva por decenas de ciudades de todo el planeta, un seguidor le gritó: “Te quiero Morrissey”. Él respondió: "No se me puede querer, soy como un perro callejero… no hay caso". Así, el perro viejo Morrissey no cree en la esperanza y se regocija en el dolor hasta el punto de parecer que desea que quede como la firma y señal de su identidad. Tal es su fracaso en el amor que en alguna ocasión se ha declarado asexual —algunos lo han llamado "la Thatcher del brit pop" –. Ese fracaso en el amor ya lo cantaba como líder de los Smiths en 1984 en su “How soon is now” (“I am the son, and the heir, Of a shyness that is criminally vulgar. I am the sonand heir , Of nothing in particular. You shut your mouth , How can you say , I go about things the wrong way, I am Human and I need to be loved , Just like everybody else does”), considerada una de las mejores canciones de la historia de la música inglesa junto a “There is a light that never goes out”, otra de sus obras maestras.

Este rudo británico es débil. Por eso sus canciones son rudas y son débiles. Buen ejemplo de ello es “I'm Throwing My Arms Around Paris”, su último single. En él aparca la estridencia y, por enésima vez, confiesa que nadie le quiere: “I`m throwing my arms around Paris because only stone and steel accept my love” (“Extiendo mis brazos alrededor de París porque sólo el acero y la piedra aceptan mi amor”).

Otra obsesión y refugio de Mozz son las ciudades. Si en su anterior trabajo, “Ringleader Of The Tormentors” (2006), abrazó a Roma para aplacar su dolor, en su último disco París es el bálsamo de su sufrimiento, y donde vivió y compuso durante una temporada, como ocurrió antes con Londres o Los Ángeles. Su pasión irracional o rechazo exacerbado hacia sus guaridas le han llevado a meter la pata en más de una ocasión. Durante su estancia en Los Ángeles escribió “America is not the world”, en la que afirmó que Estados Unidos nunca tendría “un presidente mujer, negro o gay”. No tardaría en alabar lo que antes rechazó y terminaría rendido ante la grandeza de “la primera nación del mundo”, aunque jamás ante George Bush, contra el que arremetió por sus “habilidades” para la guerra. Un punto caliente más en la biografía de Morrissey es su amor–odio hacia Inglaterra. Desde Margaret Thatcher a Tony Blair no ha parado de reprobar a los políticos de su país. Buena cuenta de ello es su canción “Margaret on the guillotine” (“Margaret en la guillotina”) que no pocos problemas le trajo con las autoridades. Se le ha tachado de traidor a la patria, pero en otras ocasiones también de patriota. En este sentido tampoco ha faltado a su cita con la controversia: si la prensa criticaba su ambigua relación con Inglaterra, él recordaba que, en realidad, es irlandés. Episodio que se zanjó con “Irish blood, english heart” (“Sangre irlandesa, corazón inglés”), y cuyo título no da lugar a la duda (“I've been dreaming of a time when. To be English is not to be baneful. To be standing by the flag not feeling shameful, racist or partial”).

Morrissey también es vegetariano y activista de la causa. Desde los once años es un ávido defensor de los animales y conocido es su apoyo incondicional a PETA (People for the ethical treatment of animals, en su sigla en inglés). En 1985, llevo a The Smiths cantar “Meat is murder” (“La carne es un crimen”), y no ha dado un solo paso atrás, sino todo lo contrario. En un reciente concierto en California, Morrissey se fue del escenario en mitad del espectáculo para desconcierto de los asistentes. Le había ofendido oler “carne quemándose”. Y era cierto: a escasos metros del escenario cocinaban asados para dar fuerza a los asistentes al festival en el que participaba. “Ruego a Dios que sea carne humana”, dijo el artista.

Celoso de su trabajo y de todo producto con su rostro y voz, el cantante pidió a sus fans que, si lo querían, no compraran "el falso lanzamiento de “Morrissey live at the Hollywood Bowl”, un concierto brillante pero que la compañía Warner produjo sin el consentimiento del principal protagonista. “Es el trabajo de unos sacacuartos e insto a la gente a que no lo compre. Por favor, gasta tu dinero en cualquier otro sitio. Gracias”. Y es que Morrissey ha controlado obsesivamente cada paso dado de su carrera en los últimos años, firmando acuerdos para cada disco y asegurándose de que los derechos permanecían bajo su control.

Es la personalidad de una estrella arrogante y en ocasiones insoportable incluso para los que nunca le fallan. Es la “cara b” de un veterano que tiene la suerte de conservar la fuerza, la voz y la creatividad de su juventud, con el valor añadido de la experiencia. Su último disco, recién salido del horno, es uno de los mejores y denota que lo mejor puede estar aún por llegar. En él, de nuevo letras lacrimógenas envueltas en melodías optimistas – en ocasiones muy rockeras – y en las que, en este punto de su trayectoria, se atreve a preguntarse que por qué no aceptar lo que le ocurre si, en el fondo, le gusta vivir así.

Morrissey es, es definitiva, lo que la gente llama “un tipo raro”, en cualquiera de sus definiciones. Es el perfil y la historia inacabada de un superviviente de los 80s que continúa ganando terreno y da lecciones a muchos de los recién llegados a la música. Su gancho reside en su eterna juventud, en ser un perfecto desconocido que aún guarda ases en la manga, a pesar de su medio siglo de vida. Él lo resume así: “The past is myself, and the past never dies” ("El pasado soy yo, y el pasado nunca muere").


F.R.














THE MUSIC LIVES IN MY HEART





P
atricia vivía en el complejo de casas del regimiento Nº II de la armada de Concepción. A comienzos de los años 90, cuando volvió la democracia y se empezaron a sacar los trapos sucios de los milicos al sol, no estaba muy bien visto vivir ahí. Nadie lo decía, por supuesto, pero era notorio que el lugar tenía una connotación negativa. Eso no era lo único “extraño” en Patricia. Su familia eran sólo ella y su mamá, y creo que también había una abuela por ahí… Pero no había padre a la vista… Para alguien que venía de una familia dominada mayormente por hombres como la mía, ese “detalle” era motivo para generar cierto sentimiento de incomodidad. Claro que en mi casa nunca me preguntaron: “¿Quién es el padre de Patricia?” Pero cuando hablábamos de ella o de la madre, yo podía ver esa profunda curiosidad en los ojos de mi mamá, una pregunta callada que insistía: “Y el padre de Patricia, ¿quién será?”
En el colegio, donde por casualidad nos conocimos (ella iba a otro curso), Patricia era “la fan de los Beatles”. Y en especial de Paul McCartney. O de Paul, como decía ella. “Pol, pol, pol…” era el sonido que salía de su boca todo el tiempo. Un día me fue a buscar en el recreo y empezó a gritar: “¡Recibí carta de Paul! ¡Recibí carta de Paul!”. Yo no entendía nada. Tampoco me interesaba. Resulta que no era una carta de Paul, pol mismo. Era una respuesta que había recibido del super fans club super oficial de Paul McCartney en Inglaterra, con unas estampillas que me dijo que iba a atesorar como la carta misma, cuyo contenido jamás llegué a ver (o me olvidé), de tan ultra exclusivo, ultra importante que era.
Supongo que en aquella época Patricia me quería cooptar para las huestes beatlescas. Es cierto que yo estaba interesada en el rock, pero solamente había escuchado a Bruce Springsteen. También había empezado a leer sobre la historia del rock, con una gran curiosidad por su origen, y estaba hurgando, cronológicamente, en los nombres de los 50: Chuck Berry, Buddy Holly, Elvis, Little Richard, Jerry Lee Lewis… Todo muy gringo… Cuando finalmente Patricia me pasó un compilado de los Beatles en cassette, como si se tratara de alguna fórmula para hacerse millonario, lo escuché con paciencia y se lo devolví, con una única y terminante respuesta: “Patricia, esto está bien, algunas canciones ya las conocía de la radio, pero parece el coro de los monaguillos en la Iglesia…”. Dios sabe que ése era el peor de los insultos… A nosotras nada nos parecía más molesto que tener que ir a misa los domingos y escuchar a esos nerds de los monaguillos (que hacían suspirar a nuestras compañeras) cantando esas letras franciscanas con tantas bellas pero reiterativas intenciones nos ponían los pelos de punta.

Un día, a la salida del colegio y a la rápida, Patricia me pasó un papelito que cambió todo. Solamente decía “Gritad!, de Philip Norman”. “Fíjate si cuando vas a Santiago me puedes conseguir ese libro”, me pidió. Ella sabía que yo tenía contactos con “la gran ciudad”, como veíamos a Santiago entonces. Mi abuela paterna vivía ahí, una señora coqueta que me llevaba a pasear por el centro y me daba todos los gustos. Al libro lo encontramos enseguida. Estaba en la librería de la calle Huérfanos, la tienda preferida de mi abuela, y la mía también, porque tenía miles de libros. Ahora no recuerdo bien cómo fue. La cosa es que yo terminé con el libro en mis manos. Creo que mi abuela propuso comprar dos: uno para Patricia y otro para mí. El libro tenía buena pinta, tenía fotos. Era una biografía de los Beatles.


***

Gritad!, con ese título horrible de traducción española, me fascinó desde un principio. No dejaba de ser una típica historia de postguerra, y yo ya estaba interesada en las historias de la Segunda Guerra a través del cine. Recuerdo que me escapaba de la clase de religión y me iba a la biblioteca a leer cómo se había gestado el régimen nazi, y cómo los americanos “nos libraron” de esa pesadilla.
La infancia de los Beatles, además, tan bien narrada por Norman, se podía leer como una verdadera novela. Yo sentía que estaba releyendo algo así como “Hombrecitos” o “Mujercitas” pero mucho mejor que la historia de la Alcott, porque eran personajes reales, aunque el concepto de “realidad” se me desdibujaba – y lo sigue haciendo – constantemente. Muchas veces veía a los Beatles como personajes de ficción: esas infancias marcadas por la muerte, la orfandad, el abandono, las carencias ocasionadas en la postguerra… Eso era tan diferente al mundo que yo conocía y que me rodeaba. Tanto que hasta el día de hoy sigo pensando que la historia de los Beatles tal vez fue la ocurrencia de un guionista.
La música recién apareció cuando empezó a ser nombrada en el libro. Es decir: yo escuché los discos de los Beatles por primera vez en un involuntario pero impecable orden cronológico, con su correspondiente correlato biográfico, contexto histórico, social, etc. Entonces no me daba cuenta, pero esta forma de escuchar, que me iba a acompañar prácticamente toda la vida, condicionó en gran parte mi relación con el rock y, a la postre, mi visión (por la cual me he peleado con mucha gente) de la música.
Había otro asunto que no era menor: la música apareció después porque era más difícil de conseguir. Durante los años 80 mi familia estaba muy ajustada de plata. A veces no se llegaba a fin de mes y a los chicos se nos compraba apenas lo necesario: comida, ropa y útiles escolares. Lo demás era considerado superfluo. Un cassette no era sólo un lujo, era algo que simplemente no servía. Para las golosinas y los regalos estaban las abuelas, pero incluso su generosidad se veía recortada por las necesidades de mis viejos, que no tardaron en instarles a que nos compraran
ropa y “cosas útiles”.
En esa situación, yo sentía que ya no estaba completamente habilitada para pedirle “todo” a mi abuela paterna. Además me parecía un abuso. Entonces empecé a rapiñar de donde viniera: me quedaba con monedas de los vueltos de las compras que me encargaban (con la excusa de la inflación), me ahorraba la colación del colegio (mientras la panza me hacía ruido del hambre cuando veía los Super8 y los Kit kat de mis compañeros) y también empecé a mentir descaradamente. Decía que perdía “cosas útiles” que necesitaban ser repuestas y después, con los años, un supuesto “fondo” para el viaje de estudios jamás llegó a la escuela. En una jugada discutidamente honesta, un día le pedí a mi vieja que me dejara limpiar la casa y ella me pagaba. Así, entre trapos de piso, lustramuebles Virginia y desinfectantes para el baño fui escuchando los discos de los Beatles. Al principio, tantas vueltas para conseguir el dinero no parecían valer la pena. Desde “Please Please Me” hasta el mismísimo “Rubber Soul” ningún disco del grupo realmente me conmovió. Aunque algunas canciones me obligaban a rebobinar y rebobinar para repetir la escucha, en otras seguía simplemente escuchando al “coro de la Iglesia”, como interpretaba en aquel entonces a esa catarata de armonías.
Mientras tanto, y ese era “el problema”, la biografía se volvía cada vez más apasionante y compleja. Yo tenía la certeza de que iba a seguir esa carrera hasta el final, y justo en ese tramo donde empecé a flaquear, justo a tiempo apareció “Revolver”.
Revolver” me debe haber agarrado limpiando los muebles del living. “Taxman Mr. Wilson, taxman Mr. Heath”. Y yo sabía quiénes eran esos tipos… Y los coros de los Beatles no volvieron a sonar tontos nunca más…Y Paul McCartney, que hasta entonces no pasaba de ser el objeto de adoración sin sentido de Patricia, liquidaba ahí en dos minutos la historia de la soledad del mundo. O cantaba para nadie… Y estaban esos sonidos orientales que nunca había escuchado en mi vida… Y Lennon repitiendo “Ella dijo, ella dijo: yo sé lo que es estar muerta”… Al final, con “Tomorrow Never Knows”, sentí una especie de mareo (y la sensación de mareo era muy real) que me iba a durar años.
Era el mareo de vivir una década en otra. De transportarme a través de la música. Yo caí como por un embudo en los sesenta, mientras los ochenta taladraban con sus rankings y su infatigable pop e indijesto proyecto glam rock (¿conocen algo más horrible que Twister Sister?). Y todo se mezclaba. Era tan confuso como estimulante. Empecé a buscar información sobre los beatniks, los mods, los hippies… Y hasta quise adoptar algunos de sus principios. Para cuando llegué a “Sgt. Pepper” ya estaba totalmente “convertida”…en una persona que a mi familia y a mis amigos les costaba reconocer. En apariencia seguía siendo la misma, pero mi cabeza era un embrollo. Sentía que estaba experimentado en tiempo presente el mismo vértigo, el mismo entusiasmo, la misma curiosidad voraz que, según describía Norman, generaban los Beatles 20 años antes.

Con Patricia nos convertimos en amigas y compinches, aunque nunca logró convertirme en una prototípica fan de los Beatles: Yo no tenía beatle preferido, no recortaba sus fotos, no me interesaba la “trivia” y además también escuchaba a otras bandas.
Recuerdo sí que transcribíamos los relatos de los documentales que pasaban por la tele con la historia de la banda. Era un trabajo de hormiga, absolutamente innecesario, pero lo disfrutábamos mucho. También seguíamos un programa de Radio Futuro que contaba la historia del rock, y se explayaba en extenso sobre los Beatles. El único inconveniente es que empezaba justo a la hora en que estábamos por salir del colegio. El día en que iban a diseccionar al detalle el “Sgt. Pepper” simulé estar enferma para faltar a clase. Todavía recuerdo a mi mamá llevándome la comida a la cama, y yo me hacía la que comía despacito, porque supuestamente me sentía mal. Y cuando se iba, después de pedirle con voz temblorosa que cerrara la puerta, atacaba el plato con todo mientras subía el volumen de la radio y con la otra mano tomaba nota de cada uno de los personajes de la tapa del disco. Patricia, que venía de una educación menos conservadora, ese día se escapó de la escuela antes de la hora, burlando la vigilancia de las monjas.


***

“Los Beatles eran ridículamente populares. Todo fue tan fácil para los Beatles… Nosotros siempre tratamos mal a los demás, queríamos sacar ventaja de los demás, porque creíamos que el mundo estaba en nuestra contra”.
Mick Jagger

La adolescencia no es la mejor edad para conocer a los Beatles. Los Beatles pertenecen a la infancia, a los hijos de los padres que los escucharon… Es comprobable: los chicos se enganchan fácilmente con muchas canciones de los Beatles, mientras que son capaces de huir, o de estallar en un ataque de llanto, si les hacen escuchar a otros grupos de rock de los sesenta.
Tardé muy poco en descubrir que los Beatles eran para complacer, no para rebelarse. Quiero decir: ¿a quién no le gustan los Beatles? Recuerdo que la profesora de Lengua y Literatura se había puesto pesada conmigo por ciertas cosas que escribía, hasta que un día, en una suerte de “tema libre”, me tomé la molestia de recopilar frases “ingeniosas” de los Beatles y las transcribí en una cartulina tamaño poster, con una caligrafía minúscula y muy prolija, de forma que fueran dibujando la manzana que era el logotipo del sello Apple. La profesora quedó encantada con el trabajo, y no paraba de reírse con las “ocurrencias” de los “cuatro de Liverpool”, a quienes seguramente había escuchado cuando era joven.
El tema es que en la adolescencia uno tiene esa compulsión a rebelarse. Y en ese sentido “complaciente” a mí los Beatles me apestaban… Tampoco tardé mucho en darme cuenta con qué desprecio Philip Norman se refería, en su bio de los Beatles, a unos tales Rolling Stones. Yo sólo había visto fotos de ellos en algunas enciclopedias de rock (alguna vez existieron las enciclopedias de rock) y parecían unos tipos anodinos o directamente desagradables. De todas formas, la figura de Jagger, presentada por Norman como una persona ladina sin demasiados escrúpulos, me causaba una perversa curiosidad.

Desde un principio, todo sucedió de una manera diferente. Acá la música llegó antes, como una maldición arrebatada, inexplicable, sin orden cronológico… Esta anécdota la debo haber contado un millón de veces, y así y todo no termino de creerla. Una tarde fui a un video club a arrendar “Apocalypse Now”, y en la noche, cuando abro la caja, me encuentro con un video llamado “Rewind”, de los Rolling Stones. “Puta la gueaa”, me dije, el empleado se equivocó. Y ya era tarde para hacer el cambio. ¿Qué hago? Acá están estos dichosos Rolling Stones… Mi familia estaba durmiendo. Estaban acostumbrados a que yo me quedaba viendo pelis hasta tarde… Entonces, con cierto temor (de Dios, de los Beatles, qué sé yo) enchufé el video en la casetera y me senté a esperar.
Rewind” hizo que el sacramento de la confesión, que ya me estaba hinchando las pelotas, dejara de tener sentido. Lo que había en ese video era “inconfesable”. Si me hubiesen dejado sola, atada y mirando una película de terror la experiencia hubiese sido más grata. El cantante me horrorizó: estaba maquillado como una mujer y hablaba como un imbécil. No entendía por qué tenía tanta necesidad de gesticular y mover el culo delante de la cámara. Los tipos de alrededor… una corte de impresentables. En un video (el de “It’s Only Rock and Roll”) parecía que el guitarrista “feo” (Keith Richards) se estaba muriendo. Creo que había extractos de una conferencia de prensa, donde los tipos estos tenían una cara de desprecio que daba miedo, y después secuencias borrosas de una “fiestita” en un avión, con chicas desnudas que iban y venían… Me fui a acostar perpleja, pensando que Philip Norman tenía razón…
El verdadero problema, sin embargo, empezó a la mañana siguiente… me desperté canturreando “She’s So Cold”. Y “Angie”. Y “Miss You”. Bueno, no es para tanto… era lo poco que había escuchado. Para desconcierto del empleado del video club, mi dieta de cine de autor empezó a ser reemplazada, casi a diario, por… “Rewind”. Lo habré arrendado unas 15 veces. De a poco fui aceptando lo que después reconocí como una de las máximas del rock: que aquellas canciones y la facha de esos monstruos eran inseparables.
También hay que reconocer ahora que aquella era una época de gracia: a comienzos de los años 90 se estaba reeditando en Chile casi toda la discografía de los Rolling Stones, remasterizada y demás cuentos (¡esos discos nunca sonaron “bien”!). Entonces en las tiendas de discos no tenías sólo “Dirty Work”. También tenías la fabulosa tapa de “Let It Bleed”, como recién sacada del horno. Recuerdo que compré ese disco con una bolsa de monedas, y que me latía el corazón a toda velocidad por el miedo a que las monedas no alcanzaran. Al final faltaron algunas, sí, pero el dueño de la disquería me dijo una frase que jamás voy a olvidar: “Está bien, llévalo”.
Después vinieron el vinilo de “Aftermath” y un compilado de singles. De golpe me sentí identificada con la voz ponzoñosa de un tipo que cantaba sobre insatisfacción, muerte, violencia, hastío, frustración, madres empastilladas, chicas estúpidas, chicas con ataques de nervios y amantes desquiciadas… Já, qué compañía… Qué manera de forjar una “mentalidad femenina”… Qué linda, qué buena gente los Rolling Stones… Y no lo digo irónicamente… Yo aprendí muchas cosas de ellos, como vivir y trabajar desde la adversidad, sin que eso signifique necesariamente una carga, y a veces hasta parezca divertido. Además en la adolescencia el tema del sexo es todo un rollo, y yo creo que aprendí de qué se trataba eso nada más escuchando “Goin’ Home”. Fue un mareo similar al de “Tomorrow Never Knows”, pero un poco más placentero.
Y las guitarras, ¿por qué sonaban así, como desnudas, con ese eco duro y metálico? Y la armónica, ¿por qué se metía como una víbora en el oído? Y el bajo, ¿por qué “retumbaba”? Y las armonías vocales, ¿dónde puta estaban las armonías vocales? Nada armonizaba con nada. El sonido solamente perturbaba y contagiaba. Eléctrico. Siempre eléctrico.
Lástima que el tema de la plata se empezó a poner áspero, muy áspero, mientras más crecía mi descontento hacia ese problema, mi familia, la escuela y la sociedad en general. Para comprar “Beggars Banquet” robé plata. Pero no fue un robo cualquiera. Ahora me puedo reír de eso y hasta contarlo. Pero entonces fue como la peor de las traiciones, en nombre del mejor de los discos. Patricia me había encargado que le comprara un póster “especial” de los Beatles en Santiago. Y yo voy y compro el poster, pero con parte del vuelto (de “su” vuelto) compro el disco de la tapa del baño público graffiteado. Por esos días Patricia no sabía nada del “affaire” Stones, y yo tampoco quería que se enterara. Me limité a “dibujar” el precio del poster, debido a la bendita inflación, y supongo que nadie se enteró de nada.
En retrospectiva, creo que a ella no le hubiese molestado tanto el hecho de la plata, pero sí que “Beggars Banquet” me haya cambiado la vida. Nunca me lo dijo. Seguramente no era necesario.



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No suelo darles demasiado crédito a las historias que intentaron poner a los Beatles y a los Stones en un plano de amistad, complicidad, pequeñas colaboraciones musicales, arreglos por debajo del escritorio con respecto a la competencia comercial, etc. Es innegable que todo eso existió, como también es evidente que tanto los Beatles como los Stones eran un puñado de burgueses con talento que, como tales, esperaban el merecido reconocimiento, la fama y la plata para comprarse la casa y el autito de moda. Pero creo que cualquier punto de contacto queda finalmente desestimado por las diferencias abismales entre los grupos.
Hay una serie de “paralelismos” biográficos que siempre me fascinaron, y que determinaron en gran parte la obra y la historia de las dos bandas. Ya desde la infancia, y concentrándose en las duplas creativas, las diferencias no podrían ser más notables: Mientras que Lennon y McCartney se criaron en un ambiente de orfandad materna, Jagger y Richards crecieron en medio de familias muy presentes y sobreprotectoras. La figura de la madre era particularmente dominante, hasta el punto que para uno de ellos se convirtió en insoportable. Mientras que en Lennon y McCartney el talento compositivo fluía, en Jagger y Richards nació con fórceps. Su manager los encerró en una habitación y decidieron no salir hasta que hubiesen escrito una canción.
Cuando los Beatles llegaron a Abbey Road por primera vez se encontraron con George Martin, un tipo experimentado en la producción y los estudios de grabación. Cuando los Stones se estrenaron en un estudio tenían como productor a su manager, Andrew Loog Oldham, un publicista muy joven, hábil y ambicioso, pero que no tenía ni idea de cómo ni dónde apretar un botón de una mesa de sonido.
En 1967, los Beatles tuvieron que soportar la pérdida de su manager, Brian Epstein, tal vez el único tipo que los craneaba como grupo, como una unidad. Brian murió misteriosamente, dejando varios negocios fallidos detrás. Ese mismo año, los Stones despidieron a Oldham, con la misma displicencia con la que hubieran despedido a un jardinero de sus mansiones. Por esa época las bandas planearon posibles inversiones conjuntas en un estudio y una oficina de promoción, pero Jagger abortó el proyecto enseguida cuando vio “la falta de control de gastos” de la otra parte.
A fines de los 60, los Beatles se hundieron en el despilfarro y en un caos financiero, esperando que Allen Klein les solucionara todo mágicamente (bueno, al menos esto nos “regaló” una hermosa canción: “You Never Give Your Money”your money! Já). Jagger, del otro lado, empezó a controlar de cerca a Klein (que también era manager de los Stones), le recortó funciones y hasta puso el ojo en los libros contables (esto terminó en un amargo juicio en el cual las dos partes tuvieron que ceder).




Más allá de los datos concretos, y observando cómo se desarrollaron ciertas situaciones a través de los años, me queda la sensación de que los Stones eligieron su camino como banda, que tuvieron el deseo de torcer o de romper estructuras muy establecidas, mientras que a los Beatles los veo como a tipos arrastrados por el destino, signados por la fatalidad. A veces pienso que hasta el asesinato de Lennon parece adecuarse a ese “plan”.
En el otro extremo, siempre digo que los Stones tenían tal control del descontrol, tan fuerte era su voluntad de dominar la situación, que ni siquiera dejaron que Brian Jones se les muriera en la banda. Un mes antes, y pensando en una gira que estaba por venir, lo echaron.

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Puede ser que las canciones no cambien el mundo, pero las de los Beatles transformaron una ciudad. Y tratándose de Liverpool eso ya es mucho mérito. Ningún turista iría a parar a ese puerto si no fuera por la historia del grupo. Hay un – ciertamente ridículo – bus multicolor a la Magical Mystery Tour que te lleva por los “lugares beatle”. Recuerdo que era un día de otoño nublado, horrible, pero el “guía” de la excursión dijo: “Esto es un buen día para Liverpool, hace dos semanas que no paraba de lloviznar”.
Hay cosas que nunca pude olvidar: la primera es la diferencia entre las casas natales de Lennon y McCartney –de fachadas espaciosas, ubicadas en barrios residenciales de clase media – y las de George y Ringo, casitas pequeñas, de apariencia humilde, ubicadas en barrios claramente obreros.
También hay sensaciones que no puedo olvidar: la tristeza frente a Strawberry Fields, poniendo cara de póquer para la foto… Había unas fans australianas que no paraban de farfullar, pero ahí se quedaron increíblemente calladas. Me pareció que era el silencio de la muerte. Después está Penny Lane, la calle de la canción, que tiene innumerables vueltas. Cuando llegamos ahí el cielo de golpe se despejó ¡se puso azul! Y por supuesto pasamos por la peluquería. A esa altura yo creía que aquello que contaba Philip Norman (que los peluqueros saludaban muy entusiastas a las legiones de fans) ya se había agotado, o que habrían puesto a maniquíes o robots a hacer un gesto tan pavo. Pero no. Ahí estaban los “barberos” de Penny Lane, desde su vetusto local, agitando las manos como locos de alegría. Ante esa muestra de candidez, la verdad es que no pude hacer otra cosa que saludar sonriente, como todos los demás.

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Si algún Dios me concediera un último deseo, antes de dejar este mundo miserable y gélido, pediría poder caminar un día de sol por Abbey Road.


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“Estuve aguantando hasta que Juan se fue a la sala de estar para poner el cd en el compuador y que la voz fluya por los parlantes... Siempre llega cuando más lo necesito... Se me caen las lágrimas... Estoy tan contenta. Me compré la edición De luxe, está preciosa!!!! No sé si me voy a aguantar ver el dvd.... Bastante tuve en you tube.... La música sigue.....”

Este es el último mail que me mandó Patricia. Por supuesto es sobre el disco de “Paul”, “Memory Almost Full”. Supongo que ya vendrá mi respuesta, tratando de suavizar mi impresión: que el disco en realidad no me convenció (salvo algunos temas como “Only Mama Knows”, “You Tell Me” o “Gratitude”), o que tal vez pierde mucho en comparación con el anterior, “Chaos and Creation…”, de lo mejor que grabó McCartney en su carrera solista. También haré algunas bromas sobre “Pol”, seguro (y que conste que Patricia ha hecho algunas de las bromas más crueles –y chistosas – que escuché sobre Jagger).
Lo que no voy a poder, seguro, es ver la expresión de Patricia ante mis críticas opiniones. Desde hace siete años ella vive en España, y desde hace siete años se queja de mi mala costumbre de no contestar todos los mails, o de ser alérgica al chat o reticente a mandar fotos. Y tiene razón.
Patricia es feliz en España. Y allá pudo ver en vivo varias veces a McCartney. En algún lado debo tener guardadas las fotos que me mandó de uno de esos recitales, junto con una lámina que tenía pegados los papelitos picados que tiraron al final del show (¡Sí, los papelitos picados!).

Yo hace años que no escucho a los Beatles. Pero hace unos dos meses me puse a repasar lo poco que tengo de ellos en CD con la excusa de escribir este texto. No fue precisamente una experiencia placentera. Y no tenía por qué serlo. Todavía me hago la distraída cuando veo a “Submarino amarillo” en la lista de temas de “Revolver”. Es una canción que no puedo soportar ni un segundo. Lo mismo podría decir de “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Octopus’s Garden”, “Maxwell’s Silver Hammer”, “Revolution 9”… La lista es bastante larga… Nunca pude disfrutar de un disco entero de los Beatles. Ni en los 80 ni ahora. Salto temas como loco. El “Album Blanco” es un festival del zapping. Tendría que armarme mi propio álbum blanco, que no sería doble, por supuesto.
Igual, volver a “Revolver”, “Rubber Soul”, “Sgt. Peeper”, “Let It Be” o “Abbey Road” fue emocionante. Fue un torbellino de recuerdos. Pero no de recuerdos propios. Son recuerdos de las canciones, que viven por encima y mucho más allá de uno. Aquellas canciones que me impactaron en los 80 (desde “Tomorrow Never Knows” hasta “A Day In The Life”, desde “For No One” hasta “I’ve Got A Feeling”, desde “Love You To” hasta “Strawberry Fields”) ahora sencillamente me sobrepasan.
En algunos casos redescubrí una belleza perdida, como en “Two Of Us”, que me hizo llorar; como en la adorable “Something”, que creía quemada por las radios del “adulto joven”; como en “Savoy Truffle”, que todavía no puedo parar de bailar, o la olvidada “Wait”, que no puedo dejar de cantar. Tal vez recién ahora soy capaz de comprender las letras de “I’m So Tired”, de “While My Guitar Gently Weeps” o de “She’s Leaving Home”.
Lástima que hay canciones que ya no puedo escuchar, que me provocan un nudo en la garganta que siempre termina en llanto. Son algunos temas de Lennon que, por algún motivo, me hacen sufrir la absurda muerte del tipo.

Hace unos días me topé en un bar con una revista y una nota (más y más) sobre el (otro) aniversario de “Sgt. Pepper”. Había unos columnistas que seguramente fotocopiaron lo que escribieron diez años atrás y le metieron algunas pequeñas modificaciones. Me entristeció ver una foto a toda página de los Beatles reducidos a ser cuatro maniquíes con trajes multicolores. Alguna vez, en el mismo lugar, nos van a encajar una foto de los Danger Four y no nos vamos a dar cuenta.




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Hoy estuve en la casa de mis padres. Por un rato me detuve mirando aquel añejo póster adolescente de los Beatles (la típica reproducción de feria artesanal), perfectamente enmarcado, que está en mi habitación. Me quedé unos minutos pensando en una infancia imaginaria que no tuve, escuchando los discos de los Beatles que podrían haber comprado mis viejos en su juventud. Pero ellos nunca escucharon un disco de los Beatles… No sé, quizás haya sido mejor así…
Ese póster siempre va a estar ahí, ahí o en otra casa, como esas cosas importantes que pasaron hace muchos años. Como esas cosas fatales que se arrastran sin saber bien por qué, cómo, cuándo ni dónde empezaron. Ahora esas imágenes de los Beatles no sólo me parecen lejanas, también me parecen ajenas, tan ajenas como la casa de mis viejos, que también solía ser mi casa… Entonces, antes de que aparecieran otros recuerdos, me levanté de la cama, acomodé mi bolso, cerré la puerta de la habitación y me fui.



P. L.

LLAVES, COSCACHOS Y LÁGRIMAS





En la nueva película de Darren Aronofsky (Pi, fe en el caos, Réquiem para un sueño), The Wrestler, ya en sus primeras escenas hemos reconocido esa historia que aunque creemos haber visto mil veces, aún no nos aburre. Tan solo han cambiado algunas reglas del juego, ya que en este caso, en lugar de ser la historia del declive de un boxeador, nos hallamos ante la decadencia de un luchador, un Wrestler enfundado en su fluorescente calzoncillo de super héroe. A pesar de las múltiples diferencias de ambos mundos, el wrestling está ocupando sigilosamente el vacío dejado por el boxeo, no sólo porque ambos se realizan sobre un cuadrilátero sino porque este último está apropiándose de los arquetipos que constituyeron los pilares del imaginario boxístico. Ante este relevo, a cambio de dar visibilidad a sus miserias, ¿podrá adquirir el wrestling aquella dimensión mitológica y cultural que tuvo el boxeo?

El wrestling, que en sus formatos más circenses ocupa un lugar destacado como industria del entretenimiento en EEUU, ha conseguido en los últimos años una expansión importante, infiltrándose incluso en feudos de sofisticación de high cultur y hasta en la literatura (Chuck Palahniuk cuenta en De donde viene la carne, uno de los textos que conforman Error humano, en el que el escritor se deja caer en los combates de selección para el equipo olímpico norteamericano de lucha libre. Como en El club de la pelea, pero con deportistas. Esforzados hombres sin el reconocimiento social de otras ramas del deporte, ni grandes porcentajes por conceptos de publicidad ni el apoyo de una masa enfervorizada de fieles. Nada de nada. Tan sólo el placer de luchar y, de pasada, la satisfacción de ganar. En el fondo el placer de aforrarse por aforrase. “La lucha es un deporte puro”, asegura Palahniuk, “una secta, una fraternidad, un club, una droga”. John Irving es otro escritor aficionado a la lucha. En La novia imaginaria habla de escribir y pelear. El autor de El mundo según Garp, enumera, en una especie de diario de un luchador, las lesiones que le ha costado tal afición: en ambas rodillas, en el codo derecho y en el hombro izquierdo).



Otra suerte ha tenido el wrestling fuera de sus fronteras, donde ha costado comprender el sentido de una cosa que no es deporte, ni competición, ni relato, ni teatro, aunque tenga un poco de todos ellos. Se trata de algo basado en la expectación, el simulacro y la dinámica televisiva. Tres habilidades bajo sospecha, dada su capacidad para la mistificación (salvo en EEUU, donde gozan sin complejos las llamadas art of deception). En su expansión ha topado con las reservas europeas a la espectacularización de la violencia, más aún cuando esta tiene como traget al público infantil y juvenil. Sin embargo, ahí radica uno de sus contradictorios secretos para el éxito: es apto como espectáculo familiar porque se anuncia como una farsa, una lucha coreografiada, fingida, pactada e indolora, y por ser así o como prueba de eso, se escenifica y promociona con una agresividad hiperbólica. El wrestling quizá es al boxeo lo que la política actual a la de antaño, o lo que las guerras de hoy a las pasadas… un duelo hecho espectáculo visual, en el que al espectador se le hace cómplice por el solo hecho de aleccionarlo – e incluirlo – en la mecánica del relato.

El wrestling norteamericano debe en parte su auge al declive del boxeo, al que asfixiaron ficciones y titulares que lo hicieron sinónimo de violencia, sordidez y corrupción. El wrestling, en cambio, despeja de inmediato suspicacias: no arregla peleas, las guioniza. No es violento, sólo lo parece. Para distanciarse definitivamente de la iconografía pugilística, el wrestling se promociona a través de una estética infantil y colorista, en la que el público he dejado de ser la masa oscura y humeante que abrigaba el cuadrilátero de box, para pasar a ser parte integrante del espectáculo, siempre iluminado y advertido de que el próximo primer plano puede ser suyo. Al boxeo la mala fama le hizo bien (durante un tiempo): fue la pátina que persiguieron tantos como escenario y metáfora, aunque al final esa leyenda negra, regada de realidad, terminó por expulsarlo de lo políticamente correcto, de las pantallas domésticas y de la esponsorización millonaria de épocas pasadas.




La épica del boxeo se fundaba en la fábula del astro surgido de la nada, su llegada a la cima y su posterior caída al vacío. El wrestling ofrece, en su lugar, una rutina de juego en la que su principal argumento es el del constante retorno, el de los duelos diseñados temporada tras temporada y en los que las reapariciones y revanchas son imprescindibles. El boxeador se enfrenta en cada derrota al vértigo de la desaparición absoluta; el luchador retrocede para tomar vuelo y renacer tan pronto como el guionista lo indique. Quizá por eso, el mundo del box ha propiciado una iconografía grave y poderosa, donde el wrestling deja un legado que es en su mayoría mercahndising, derramando action-figures, video juegos y disfraces tan llamativos como los programas de televisión que los dan a conocer y que, por cierto, en EEUU ya consideran y archivan como performing art.

Este espectáculo cuenta con décadas de tradición en EEUU, pero en constante evolución estética, sin un marco reglamentario claro y de infinitas ligas, siglas y modalidades. En su lado más indigesto, las hay con violencia fingida pero en donde brota la sangre a borbotones (se cortan con hojas de afeitar en lugares determinados del cuerpo), las que reniegan de reglamento (NRW, No rules wrestling) y hasta las improvisadas en el patio de la casa, con las esquinas del cuadrilátero tapizadas de tachuelas, trozos de vidrio y alambre de púas (las llamadas Four Corners of Pain, pura demencia suburbial, White trash).

Para la gran mayoría de sus seguidores, el wrestling se ha impuesto desde la década de los setenta como un inocuo show a todo color, protagonizado por personajes salidos de un comic, como Hulk Hogan, eternamente jóvenes, bronceados e hipermusculosos. Su proyección, fuera de su espacio televisivo, era por entonces escasa. Pero esta inocencia se perdió en algún punto del camino, entre gritos, aspavientos y odios fingidos que han terminado por definir la profesión hasta llegar a ser lo que es ahora: una industria millonaria.

The Wrestler, que ha insertado definitivamente en este mundo el arquetipo del trapecista sin red donde caer, en un momento en que no dejaban de aparecer en la prensa norteamericana artículos denunciando la gran cantidad de luchadores que han muerto jóvenes, victimas de accidentes, fármacos y el estrés de una vida profesional diseñada por otros.

Shepar Fairey, una de las estrellas del diseño gráfico contemporáneo (Fairey es el autor de una de las estampitas más populares de Obama), ha hecho del rostro del luchador André the Giant el leimotiv de su carrera, un ícono triste y monumental, para muchos comparable a la foto de Korda del Ché Guevara, y que cubriendo paredes de medio mundo desde 1986 ha terminado por convertirlo en una suerte de mártir posmoderno. Este si es el lado oscuro de la luna. Pero la revisión realmente crítica de la profesión es aún más reciente. La cadena de televisión HBO abrió los fuegos en 2003 (Real Sport with Bryan Gumble), con un reportaje en que se habló del alto índice de muertes no naturales en la profesión. El único luchador en hablar de eso ante las cámaras, el respetado Roddy Piper, pagó con una retirada temporal su atrevimiento.




Particularmente traumática para los aficionados fue la muerte accidental de Owen Heart (1999), acaecida en público y, claro, subida a Youtube. Advertencia: no es agradable ver como alguien se parte las vértebras cervicales. Otra muerte igualmente impactante ha sido la de Chris Benoit (2007), que se suicidó tras acabar con la vida de su mujer e hijo, dando pie a especulaciones de todo tipo sobre el efecto que tiene en el carácter de estos actores tanta sopa de esteroides. También ha levantado mucho interés, y revuelo, la aparición en internet de un guión en el que queda claro hasta qué punto la espontaneidad y el imprevisto no forman parte del wrestling. El guión, de la TNA (Total Nonstop Action Wrestling), fue retirado al poco tiempo como si se tratara de un secreto de estado. Tanto escándalo no conviene a un espectáculo que llena estadios de preadolescentes bajo una premisa: It´s only make –be-live. Quizá, mientras más afloren las tripas y los costos de la profesión, se desvanezca su razón de ser, pero también la idea bidimensional que teníamos de ella. Y nada, al espíritu creativo y a la industria del entretenimiento, inspira más que el dolor verdadero.



F.R.