MICK ES ROCK Y YO SOY ROLL...( Keith Richards)








"Mi función principal en aquel momento era liar porros". Quién habla es Jake Weber y su recuerdo no tendría mayor trascendencia de no ser porque "en aquel momento" tenía ocho años. Este es uno de los muchos testimonios que recoge Stones in exile, un documental sobre la escandalosa grabación en 1971 del disco Exile on Main St., que será reestrenado en el Festival de Cannes de este año y en Chile se verá el próximo 5 de junio, a las 21 horas, por el canal de cable I-sat. El mítico eslogan Sexo, drogas y rock and roll se hizo realidad en el verano de ese año en un pueblo del sur de Francia, donde los Rolling Stones gestaron el que muchos denominan el mejor álbum de rock and roll de la historia.
Jake Weber, hoy en día un reconocido actor de Hollywood, era uno de los niños que correteaban por Villa Nellcôte, la majestuosa mansión que Keith Richards había arrendado en Villefranche-sur-Mer. Era el hijo de Tommy Weber, un amigo íntimo de Richards descrito en el documental como "piloto de carreras, dealer y aventurero". Y no sería el único traficante en visitar la casa entre abril y octubre, los meses de gestación del álbum.
El resto de los Rolling se repartía por diferentes palacetes de la Costa Azul francesa, donde habían ido a parar tras salir huyendo de Inglaterra por sus deudas con el fisco. Su manager se había aprovechado de ellos y sus cuentas bancarias rozaban los números rojos, lo que no les impidió vivir un exilio propio del jet set, subidos en la montaña rusa del exceso y la extravagancia y rodeados de paparazzi y narcotraficantes. "En la casa siempre había gente. Entraba un tipo en el salón y ponía sobre la mesa dos grandes bolsas de heroína. Había drogas para desayunar, para comer y para cenar", dice en Stones in exile Anita Pallenberg, novia de Richards, que llegó a inyectarle heroína a la hija del chef, según cuenta la biografía de Stephen Davies Los viejos dioses nunca mueren (Ma Non Troppo).



La boda de Jagger


Cuando salieron de Inglaterra, en abril de 1971, Brown sugar, el primer single de su disco Sticky fingers, entraba directo al número 2 en las listas de éxitos. En EEUU se alzaba al primer puesto. A los pocos días de llegar a la Costa Azul, Mick Jagger anunció su boda con Bianca Pérez en Saint-Tropez, que se convirtió en un extraordinario acontecimiento mediático (la localidad se colapsó de periodistas y curiosos y el enlace estuvo a punto de suspenderse). En el documental, Bill Wyman, bajista de los Stones, deja claro cómo andaban las relaciones en el seno del grupo: "Todos sabíamos que Mick se iba a casar, pero él no nos había dicho nada. Finalmente, el día antes de la boda me llamó y me pidió que fuese como testigo".
Los Stones buscaron un estudio de grabación en la Costa Azul, pero ninguno les convenció. Finalmente decidieron instalar su estudio móvil en el sótano de la mansión de Richards, un antiguo palacete que durante la guerra había sido ocupado por los nazis. El grupo grabó en las mismas habitaciones donde la Gestapo realizaba torturas, estancias oscuras y húmedas transformadas en selvas de cables donde las guitarras se desafinaban continuamente y casi no había ventilación (de ahí el título de la canción Ventilator blues).
Por la descripción de Jake Weber, aquello parecía un pequeño infierno: "Bajar allí daba un poco de miedo. Había alcohol y mucho humo, y siempre se oía la música ruidosa". La misma Anita Pallenberg afirma que tocaban tan alto que "las canciones se oían desde el pueblo".





Caos y anarquía


Stones in exile profundiza en el trabajo del grupo en aquel sótano (con más fotografías que metraje, eso sí). La grabación fue un caos absoluto de resultado impredecible: lo mismo podía salir un desastre o una obra maestra. Finalmente fue esto último. "Se grababa a cualquier hora del día, sin previo aviso. Si se empezaba a las once de la noche, nos podíamos tirar 12 horas. Por eso había que vivir allí", explica Watts, que dormía debajo de la habitación de Richards.
La banda llegó a la Costa Azul con los bolsillos vacíos y poco a poco fueron escribiendo y registrando las 18 canciones de Exile on Main St., su primer álbum doble. Al frente de la grabación estaba Richards, que estableció su propio método de trabajo (o mejor dicho, la ausencia de él), lo que proporcionó al disco un sonido crudo y excitante que llevaba el blues, el rock y el country a extremos salvajes.
Improvisaban durante horas tratando de enderezar un barco sonoro a la deriva hasta que se encendía la luz en la cabeza del guitarrista: "Tocaban mal una canción durante tres días seguidos, pero de repente, Keith se levantaba y miraba fijamente a Charlie, al otro lado Bill ponía su bajo en posición de 84 grados y entonces hacían una toma redonda", dice en el documental uno de los técnicos de la grabación.
Richards se impuso a un Jagger que se sintió incómodo con todo el proceso. "La grabación se convirtió en algo perjudicial para el grupo", se le oye decir a Jagger en el documental. Richards, que salió de Villa Nellcôte conviviendo con la heroína, lo ve de otra forma: "Mick necesita saber qué va a hacer mañana. Yo estoy contento con levantarme y mirar quién anda alrededor. Mick es rock, yo soy roll".



FIESTA DE LA DIVINA COSECHA




El trabajo de meses se ve recompensado con los frutos de la tierra y las épocas de escasez se olvidan en la abundancia.

Divina Cosecha los invita:

En vivo: Augias Amena, Terry Unplugged, La Golden Acapulco
Weed party dub, dubstep, drum n' Bass,
experimental: Smoke whit Lulu, Nicanor Porro, Men T Zero
Comidas espaciales de: Pasto SecoVisuales Psicoactivas: Dr Bongazo
Viernes 16.04.2010 / 23 Hrs.$1000 hasta las 12, despues $2000
Donde?: Sta Rosa con Copiapo 667





Evento en Facebook:
http://www.facebook.com/home.php?#!/event.php?eid=106989469341667&ref=nf________________________________________________________________________________________________________

EL VIEJO ALBARN OTRA VEZ!!










Hace mucho, mucho tiempo, bastante más del que uno desearía, la industria musical se frotaba las manos (una vez más) al calor de una nueva “guerra entre bandas”. Musicales, quiero decir; nada de baleos desde autos con vidrios polarizados, pañuelos de colores, ropa XXL ni disputas entre costa Este y Oeste. Las bandas en cuestión eran dos fenómenos de masas que prometían devolver la maltratada música británica al lugar que legítimamente le correspondía (el centro del universo): Blur y Oasis. Al resplandor de Parklife (1993) y Definitely Maybe (1994), los hermanos Gallagher (Oasis) y Damon Albarn (Blur) protagonizaban una batalla cuasi-campal por arrancar el cetro de Rey del Mundo de la fría y atormentada mano del gringo Kurt Cobain, que unos pocos meses antes se había escapado a la asfixiante presión del éxito haciéndose un inapelable agujero en la cabeza.

Quince años más tarde, ha quedado más o menos claro que ni unos ni otros eran para tanto, que The Stone Roses seguramente seguían siendo más grupo que los dos juntos, y que por aquel entonces ya andaban publicando discos artistas que a la postre han tenido carreras muchísimo más influyentes: Beck, Massive Attack, el que a usted le parezca (por no polemizar, que cada uno elija el suyo). La carrera del siglo entre los dos supergrupos puede, por tanto, declararse desierta.

No obstante, el tiempo también ha puesto a cada uno en su sitio. Y si tenemos de dar un veredicto, el ganador ha sido, sin lugar a dudas, Damon Albarn; este Plastic Beach es una prueba más, clara y contundente. Desde aquellas divertidas épocas de adolescente fantasía, de alborozado brit-pop, Albarn ha evolucionado, ha experimentado, ha fracasado a veces y ha tenido más suerte otras; y por cada nuevo proyecto, por cada interesante giro musical, por cada nuevo género en que metía la cabeza Albarn, los hermanos Gallagher escribían otro himno de bar y, a continuación, destrozaban otra habitación de hotel. ¡Bravo! Con el tiempo, no obstante, los hoteles se negaron a hacerles reservas, los diarios perdieron interés en que le hubieran partido la cara a otro funcionario en otro aeropuerto o los hermanitos se hubieran peleado, y el público se aburrió. Y mientras tanto Albarn seguía a lo suyo, cimentando una trayectoria musical posiblemente no genial (de acuerdo: quizá el buen Damon no sea el mayor talento natural de la historia) pero si muy sólida y notablemente más inquieta y atrevida de lo que es habitual en un músico que se ganó la fama a base de pop para adolescentes.

En este nuevo trabajo de la banda virtual Gorillaz, Albarn (y el fabuloso elenco de colaboradores que le acompaña: Mos Def, De La Soul, Lou Reed, Gruff Rhys, Snoop Dogg, Bobby Womack, etc…) nos da una nueva muestra de su enorme eclecticismo – cualidad en la que nada tiene que envidiar al mismísimo Beck Hansen –, de su naturalidad para hacer buena música y de su gran talento. Nuevamente, creatividad a raudales, influencias tremendamente variadas – desde el hip-hop hasta el folk pasando por la electrónica o la música árabe – y novedades, siempre novedades. Si los discos de Albarn tienen una característica constante es su capacidad para sorprender siempre, para explorar nuevas direcciones musicales digeridas con inteligencia e interpretadas de una manera más o menos brillante. Quizá sea esta la clave de la carrera de Gorillaz: en sus discos no existe el “corta y pega”, sino la capacidad de asimilar, comprender y entretejer influencias musicales de una amplitud a veces sorprendente.

El disco contiene unos cuantos temas sencillamente espectaculares, tales como “Glitter freeze”, un tremendo tema en el que, con el apoyo del impagable Mark E. Smith (The Fall), Albarn se mete en arenas electro-disco con una intensidad que podrían envidiar los propios LCD Soundsystem. El que ha sido el primer single, “Stylo”, un potente tema de música electrónica algo oscura y algo disco, también se revela enseguida como un tema pegadizo; no obstante, las joyas son muchas. Con una notable mayoría de canciones tomando su base lírica del hip-hop, las combinaciones se hacen exquisitas: desde los ritmos árabes de “White flag” hasta los toques de hyperdub de “Sweepstakes”, pasando por los ritmos más desprejuiciados de “Superfast jellyfish”. “Empire ants”, con la voz de Little Dragon, es otro temazo cuyo tramo final merece cualquier elogio.

No faltan temas más tranquilos, aunque Albarn ya está demasiado curtido para ofrecernos baladas pop a la usanza de sus años mozos; incluso los temas en que más desnuda su voz y más simplifica los arreglos acaban teniendo intensidad e intención (como en “Broken”), y pocas veces caen en la melancolía facilona. Con todo, no todos los temas serán del agrado de todo el mundo y quién desee encontrarle peros al disco tendrá sus tres o cuatro momentos de satisfacción. Quizá incluso tiene algún momento para quien tenga ganas de criticar al grandísimo Lou Reed, ya que firma posiblemente una de las colaboraciones más flojas del disco.

No obstante, no sería justo negar que el disco en su conjunto es una pequeña maravilla y su escucha es prácticamente imprescindible. Aún presentando los altibajos propios de un disco con 14 temas tan variados, en los que ha colaborado tanta gente, y en los que se cruzan aciertos impactantes con tramos, por fuerza, más experimentales o menos. Pero no cabe duda, absolutamente ninguna, de que lo volveremos a ver cuando haya que hablar, a final de año, de lo mejor de este 2010. Atención también a futuras ediciones del material extra que se ha generado durante la larguísima grabación de este disco, que hemos tenido oportunidad de escuchar y que rivaliza en calidad con las canciones que han acabado en la edición oficial del disco.

Por tanto, otra medalla para el viejo Damon Albarn, un músico que está demostrando tener más fondo, más sustancia y más inteligencia musical que tantos y tantos geniecillos de la música que nacen, crecen, se reproducen, y mueren.



P.L.






ELECTRICIDAD EN LAS VENAS





En un intento definitivo por dejar atrás un pasado de ceniza y asentar un futuro brillante, a finales de los sesenta, una escena bulliciosa de grupos alemanes se lanzó a buscar las raíces de su propia (e inmensa) tradición musical, su folclore, que entendían interrumpido desde la llegada de Hitler al poder en 1933. Con la mirada puesta en el rock vanguardista, la psicodelia británica, el folk americano y el minimalismo de compositores europeos como Stockhausen, consiguieron que el rock alemán no sólo naciera como etiqueta (krautrock), sino que además devolviera, como un bumerán sónico, su influencia sonora al resto de Europa y América.

El documental Krautrock: The Rebirth of Germany describe muy bien en su título las intenciones de la época: se trataba de volver a construir la cultura de Alemania desde cero.
Es en ese escenario en el que nace Kraftwerk, hoy considerados padres de la música electrónica y de muchos estilos surgidos de ella, desde el techno matemático y bailable de Chicago al ambient sensiblero, del pop electrónico de éxito al electro chatarra y el ruidoso industrial. Hasta el hip hop: Afrika Bambaataa utilizó material de Trans Europe Express (1977) para Planet Rock y popularizó el sampling.

Habituales en los circuitos universitarios y galerías de arte de Düsseldorf, los dos cerebros de Kraftwerk, Florian Schneider y Ralf Hütter se conocieron en el conservatorio y, después de alejarse de la escena krautrock, se lanzaron a buscar la banda sonora que mejor reflejase la segunda mitad del siglo XX (y parte del XXI). Allí donde convivían la paranoia por la Guerra Fría, el ruido mecánico de trenes y los motores, el paisaje artificial hecho de estaciones eléctricas y ondas de radio, los computadores como herramientas de trabajo y los robots como metáfora del hombre moderno y mecánico.

Según Hütter, una de las influencias del grupo eran los Beach Boys. En su opinión, si el grupo de Brian Wilson había sido capaz de capturar el sonido de California, con sus paisajes soleados y los surfistas rubios en traje de baño, Kraftwerk debía capturar el sonido de Alemania de la época, frío, gris, introvertido, con abrigo y corbata.

Instrumentos inusuales

¿Cómo lo consiguieron? Además de usar instrumentos inusuales por entonces, como el vocoder, los sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmos, se sumó la tecnología de su propio estudio, Kling Klang, que durante estos cuarenta años ha sido un protagonista más del sonido de la banda: allí se guardaron toneladas de material gráfico y sonoro, que hoy se recupera en The Catalogue (EMI): ocho discos fundamentales, tal y como se concibieron, con artwork, títulos y conceptos originales, y con sonido limpio y remasterizado.

Por si hay alguna duda, hoy Kraftwerk siguen activo. Este año han sido teloneros de Radiohead en gran parte de su gira (incluido Chile) y se habla de nuevo disco con temas inéditos. Esta caja es su puesta al día.

Trenes, autopistas sonoras y algún número uno: ocho discos esenciales

'Autobahn' (1974)
La autopista como icono del desarrollo alemán. La sinfonía homónima, de 22 minutos, resume la idea de un disco donde caben pitos y chirridos de rueda, la rítmica nacida del interior de un motor y un estribillo juguetón: “Vamos, vamos, vamos por la autopista”.

'Radio-Activity' (1975)
Las estaciones de radio, y no la radioactividad, inspiró a Hütter y Schneider unos títulos como ‘Radio Star’, ‘Antenna’ y ‘Transistor’. Con el grupo gozando de popularidad fuera de Alemania, fue grabado, como las viejas películas, en dos idiomas (inglés y alemán) para sendos mercados.

'Trans-Europe Express' (1977)
La idea romántica de una Europa unida por trenes recorre el álbum. El propio Hütter describía en la revista ‘Uncut’ la situación: “En Düsseldorf estábamos a 20 minutos de Holanda, media hora de Bélgica y dos horas de Francia. Berlín estaba mucho más allá”.

'The Man Machine' (1978)
Alejados de la experimentación inicial y empujados por un pálpito pop, este es su disco más irónico, del que luego beberían bandas como Devo. Fue su época de mayor éxito: ‘The Model’ fue número 1 en Inglaterra.

'Computer World' (1981)
Curiosamente, en 1981, Kraftwerk no trabajaba con computadores (el primer Atari llegó tras este álbum), pero sí les inspiró unos ritmos tipo calculadora de bolsillo y unas letras sobre la utilización de una tecnología de origen bélico para hacer música.

'Techno Pop' (1986)
El título con el que salió al mercado, ‘Electric Café’, no le hace justicia al original, ‘Techno pop’, que pone a Kraftwerk en la cúspide de la pirámide de grupos como New Order o Depeche Mode. De nuevo, la estética y el arte, con modelos 3D, fueron pioneros.

'The Mix' (1991)
En plena fiebre del remix (hasta The Cure habían lanzado un disco con versiones extendidas), los abuelos no podían dejar de ofrecer un disco dirigido a la pista de baile, que reelaborara los temas más clásicos del grupo y los actualizara a la era digital.

'Tour de France' (2003)
Hütter siempre ha sido fanático del ciclismo. El centenario del ‘Tour de France’ le permitió hacer un disco conceptual con viejo y nuevo material alrededor de su ‘hobby’. Y puso de paso fin a una década de silencio discográfico.





LA SEÑORA C (o una singular historia de amor)





Hace unos años conocí a la señora C en una sala de clases y desde entonces no he podido olvidar la noche en que me contó su historia. Debía ser la tercera o cuarta vez que nos juntábamos para estudiar juntos. Éramos compañeros en un curso de Incremento de la productividad laboral, una performance deplorable de un orador que tenía como libro de cabecera – léase su Biblia – la prolífica pluma de Dale Carneggie, y donde no podíamos escaparnos en beneficio del esquivo sustento familiar. Así, entre la señora C y yo se daba al mismo tiempo la atracción de los contrarios y la complicidad de los iguales: aunque ella era la alumna de mayor edad del grupo y yo el menor, ninguno de los dos sabía qué era exactamente lo que le llamaba la atención del otro. Esa noche nos sentamos en su living, uno frente al otro, con la intención de repasar para la prueba final, pero hacía horas que nuestros apuntes descansaban inútiles en la alfombra. En su remplazo, una tercera botella de vino para una larga jornada de sábado. No había nadie en su casa, la luz que antes entraba por los ventanales se iba y nuestra conversación oscurecía, víctima del mutuo aturdimiento del tinto. Entonces fue cuando ella me lo dijo, sin dramatismo ni culpas, sin ese rictus de condenados a muerte que suelen tener quienes han forzado la puerta de lo prohibido. La señora C me contó que estaba enamorada de su único hijo.
Lo primero que sospeché, por su edad y por la escena, fue que a la señora C le gustaban los jovencitos. No sólo su hijo. Todos. Cualquiera. Yo: bocado fácil para una noche. Había visto en el cine a mujeres de cuarenta y tantos o quizá cincuenta que se excitaban con veinteneros tipo Brad Pitt en Thelma & Louise (aunque en honor a la verdad yo estoy a años luz del biotipo de Pitt); aunque también había visto películas en las que una madre tenía relaciones incestuosas con su hijo. En La Luna, de Bertolucci, una actriz ponía a prueba su sensualidad hasta lograr que su hijo adolescente tuviera una erección y luego ella lo masturbaba en un afán desesperado por alejarlo de las flaquitas jeringas con heroína. En Mater Amatísima, guión de Bigas Luna, Victoria Abril sucumbe a las lujuriosas demandas de su niño autista, resignada a hundirse con él en un abismo del que sabía era imposible sacarlo. Y, sin embargo, esas películas no eran más que fábulas de redención, sublimes fatalidades rematadas con un mensaje edificante: el incesto como sacrificio máximo del amor de una madre, esa madre que es capaz de entregarlo todo, incluso su cuerpo y la condenación de su alma, a cambio de la salvación de su hijo. Pero la historia que me contaba la señora C era otra. Más que una parábola de abnegación materna, era la crónica de un amor erótico, lascivo y verdadero. Prohibido, pero no imposible: la madre que se ha enamorado de su hijo y lo desea con un egoísmo de amante.

A la señora C le gustaba espiar a su hijo. Con esa complicidad que se entabla entre un hombre tímido y una mujer enamorada de un hombre, C me confesó que se las ingeniaba para contemplar el cuerpo desnudo de su hijo mientras él se duchaba, con el pretexto de que estaba apurada y necesitaba entrar al baño para orinar o lavarse los dientes. La señora C era religiosa, pero no de las que van a misa los domingo, pero sí de las que rezan a los santos y encienden una vela para pedir algún milagro. Al principio, convencida de que lo suyo era un terrible pecado de muerte, había encendido velas por semanas enteras y agotado todas las opciones redentoras del santoral católico. Después dejó de hacerlo. Ahora no recuerdo por qué ni tampoco si llegó a decírmelo. De lo que sí estoy seguro es de que ni la señora C ni yo sabíamos entonces que los principales teólogos del catolicismo jamás habían condenado el incesto. Santo Tomás de Aquino decía que era una falta contra la castidad, pero nada más. Y San Agustín, otro clásico de las parroquias y el celibato, no prohibía que dos hermanos fornicaran, siempre y cuando fuese imprescindible para la multiplicación de la especie. Quizá ambos pensaron en los hermanos Adán y Eva, la más incestuosa de las parejas literarias, que no por eso dejan de ser el origen bíblico de la humanidad. O acaso estarían pensando en el mismísimo Dios Padre, quién luego de poblar el mundo con hijos a su imagen y semejanza, eligió a una, llamada María, para concebir con ella a su hijo definitivo.
Algunas veces, al salir de su casa, la señora C estacionaba su auto muy cerca y esperaba que su hijo saliera. Entonces volvía a la casa, entraba con sigilo en su habitación, y ahí, entre sus olores de macho joven, su ropa aún tibia y sus fotos en la playa, con los ojos cerrados y la imagen viva de su desnudez bajo la ducha recorriendo su cuerpo con las manos jabonosas, ella se masturbaba. Para ese momento, el hijo parecía no ignorar las urgencias carnales de su madre. Poco a poco había empezado a poner de su parte en el doble juego que hace falta para la seducción y la señora C presentía que incluso él la provocaba. Ciertas noches de insomnio, que ella convertía en pesadillas para engañarlo y para engañarse, había golpeado su puerta y le había pedido que se acostara con ella hasta que pudiera conciliar el sueño. El hijo no se demoraba en salir, como si la estuviera esperando, y ya en la cama matrimonial, apoyando la cabeza de ella sobre su pecho, le acariciaba el pelo, le susurraba canciones románticas (en inglés. A él le carga la música romántica en castellano) y le ofrecía la tierna firmeza de sus veintiún años. Él quizá sospechaba que no era por miedo que su mamá buscaba la cercanía de su cuerpo, pero aún así la señora C me contó que más de una vez habían amanecido abrazados.



Imagino la cara de mi mamá al leer esta historia. La de mis tías. Debo confesar que esa noche yo estaba terriblemente excitado. Era imposible que no me introdujera a través de los fugaces pliegues de luz que iba dejando el relato de la señora C. En cada silencio veía a mi mamá y a mi mismo en episodios de hace quince años atrás. Me asaltaban escenas de mis tías bañando a mis primos cuando eran niños. Sabía de algunos hermanos que se habían manoseado durante el púber aprendizaje del orgasmo. Tuve un amigo en el colegio que se masturbaba sapeando a su mamá mientras ella se vestía. Hasta había escuchado explicar una extraña teoría sobre la conveniencia de que fuera el padre quién iniciara sexualmente a su hija. Pero una madre enamorada de su hijo, ¡nunca! Definitivamente esa historia no estaba en mis recuerdos. En algún momento la noche cayó por completo y entonces la señora C fue sólo una voz en off que hablaba y hablaba desde la penumbra de su living hacia la zona más oscura de mi cabeza. Su hijo estaba en la casa de un amigo y no llegaría hasta el lunes.

La señora C no tenía una voz que invitara a cerrar los ojos y dejarse llevar. Tampoco me parecía atractiva, pero sabía que no eran pocos los hombres que postulaban a tener sexo con ella. Tenía el pelo corto y negro, sobre una palidez de nieve, y lo único que resaltaba en su cara común era una boca de labios carnosos, aunque de un color rosado un tanto desteñido. Para esos tipos maduros que la pretendían, su encanto debía estar en su cintura delgada y sus piernas largas que daban un suave énfasis a unos pechos más bien minúsculos como duraznos y a unas nalgas sin arrogancia pero dignas. El suyo era un cuerpo portátil, liviano, que si uno pasaba por alto las arrugas bajo sus ojos tristes, le podía dar a la señora C esa edad indeterminada de las mujeres que tanto tienen que agradecerle a los cosméticos, a los gimnasio y a las dietas vegetarianas. Algunos viernes la pasaba a buscar a la salida del curso un oficinista cincuentón que ya se le había declarado varias veces con promesas matrimoniales de amor y cuidados eternos. Al igual que él, me había dicho la señora C, había al menos otros tres hombres bien posicionados a los que podía recurrir cuando se apoderaban de ella las angustias de la maldita soledad. Pero lo no hacía. En realidad la señora C estaba tan sola como Allende.

Siempre me he preguntado por qué la señora C se había enamorado de su hijo. Hasta donde sé, no hay prohibiciones biológicas para el incesto. Antes se creía que las relaciones incestuosas producían monstruos, hijos que nacían con cola de chancho, y por eso estaba vetado el sexo entre parientes: por prescripción médica. Sin embargo, el doctor Freud echó abajo esa creencia. Para el padre del psicoanálisis, al ser el incesto la más grande de todas las tentaciones de los hombres, había que inventar el tabú para frenarla. El antropólogo Lévi–Strauss completó esta idea freudiana del tabú añadiendo otra prohibición de tipo cultural: ya que la tentación incestuosa hacía que las familias fueran hurañas y hostiles entre si, el sexo entre hombres y mujeres de distintas familias fue la solución al problema de las peleas entre vecinos. Algo así como mejor cuñados que enemigos. Lejos de los académicos, la señora C tenía un argumento más simple para responder por qué se había enamorado de su hijo: me dijo que veía en él la copia exacta de su padre, su primer amor, una novela de amor inconclusa, interrumpida de golpe cuando el tipo se mandó a cambiar sin despedirse hace veintiún años atrás. Sacando cuentas, el padre debía tener al momento de largarse la misma edad que ahora tenía su hijo. La señora C me contó su novela inconclusa: me dijo que había conocido al hombre durante la enseñanza media y que al entrar en la universidad siguió compartiendo con él los libros de Kerouac, el sexo, los discos de los Stones, las drogas psicodélicas, el Che Guevara y todo lo que hay que descubrir antes de que caigan encima las responsabilidades y los años. Aunque la década del peace and love ya había terminado, a juzgar por cómo lo describía la señora C, el tipo debía mantener la facha de un hippie ablandado: las mismas mechas largas sobre los hombros, la candidez de un guerrillero de la paz y esa expresión divagante y de exasperante lentitud de los que deambulan extraviados por el reverso del mundo. Sin embargo, cuando él se enteró de que ella estaba embarazada, se largó con su hipismo a Londres y no se supo más de él. Nunca conoció a su hijo y jamás les mandó una carta. Los esfuerzos que la señora C hizo para olvidarlo, desde quemar todas sus fotos hasta probar las más variadas pócimas contra el mal de amores, no sirvieron de nada el día que su hijo se convirtió en adulto y ella se dio cuenta que era idéntico a su padre. Sus mismas mechas largas sobre los hombros y su mismo cuerpo sin ropa: flaco, huesudo, un poco lento. El fantasma de un viejo amor que ya no era viejo.

Pero la explicación de la señora C me pareció demasiado simple, y se sabe que en el amor las explicaciones fáciles sólo funcionan en las teleseries y en los partes policiales. Años después de esa noche que me ha perseguido durante años, he rebuscado algunas ideas sobre el incesto y sus estudiosos. Todos saben que el incesto más común es cuando el padre seduce a su hija y que es un delito. Más de la mitad de los casos conocidos de incesto se resumen en el abuso sexual de una menor de edad. La mayoría de los especialistas definen el incesto como una enfermedad mental: celos desmedidos, gruesas telarañas para relacionarse con los demás, delirantes ambiciones de poder y hasta antojos narcisistas de verse retratado en un doble espejo, algo así como querer la paternidad del hijo de mi propio hijo. Me pregunto si la señora C estaba ejerciendo el derecho que una vez proclamó el rebelde Wardell Pomeroy al defender la legitimidad del incesto cuando se trata de adultos. Para él, coautor con Kinsey de la primera encuesta sobre la sexualidad humana, es necesario separar el incesto abusivo y penalizable entre un adulto y un niño, del incesto por mutuo acuerdo entre dos adultos (como la decisión de divorciarse). La ciencia va en auxilio de la literatura, como tantas veces, y el psicólogo Pomeroy fue al rescate del Marqués de Sade, aunque el Marqués ya había llegado más lejos. En sus relatos incestuosos, Sade postulaba que el amor – que de por sí es erótico, y por erótico, perverso – sólo logra trasponer los límites desmesurados del placer cuando es una provocación a su tiempo, a su época. Un desafío, una rebelión, un acto maldecido por la incierta luz de lo correcto.




Hace años que no he vuelto a conversar con la señora C. Por algunos amigos sé que al final eligió a uno de los hombres que la pretendían y que hasta se casó con él. También me dicen que ha engordado unos kilos, que se ha dejado crecer el pelo, pero que carga consigo el gesto abatido y melancólico de la gente que no lo pasa bien. Entonces no puedo dejar de recordar este consejo de San Bernardino: “Es mejor para una esposa copular de manera natural con su padre que con su marido contranatura”. Si la señora C hubiera vivido en el siglo XV de aquel santo franciscano, la consumación del amor por su hijo habría motivado menos escándalo que todas las parejas que conozco y que ejercen la sodomía con alegría. Acaso el único argumento que vale hoy contra el incesto entre dos adultos sea la libertad que debería tener uno para salir de la casa y conocer el mundo. La idea es del filósofo español José Antonio Marina: abandonar la familia es empezar a construir la propia. Creo que la señora C lo intuyó. Con la ambigua certeza de que el suyo era un amor prohibido, mandó a su hijo a Europa. La tragedia de los amores imposibles no es que sean imposibles, es que siempre habrá una forma de dejarlos en el olvido.




O. B.

"HE QUERIDO REFLEJAR LA HISTORIA DESDE ABAJO"

Entrevista recuperada a José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura 2006






José Miguel Varas Morel (Santiago, 1928), en palabras del periodista Luis Alberto Mansilla, es un “hombre serio, estricto cumplidor de sus deberes, de apariencia fría, escueto y de voz microfónica”, quién debutó en la literatura a los 18 años con el libro de relatos Cahuín (1946), el que logró una excelente recepción del público y la crítica de entonces. Luego vendría Sucede (1950), su segundo libro de relatos. Así, con apenas 22 años de edad, Varas coronó un prestigio de buen prosista, “preciso, certero, –anota Mansilla– observador sutil de la vida, innovador y próximo al mundo popular”. La década de los sesenta verían nacer tres nuevos libros con su firma: Porai, novela (1963); la biografía novelada Chacón (1967) y el volumen de cuentos Lugares comunes (1968). Junto a su trabajo literario, también ha desarrollado una extensa labor en el periodismo: en radio, medios escritos y televisión. Luego de la tragedia de septiembre de 1973, José Miguel Varas se instaló, junto a su familia, primero en Alemania Federal y luego en la ex Unión Soviética, donde formó parte del equipo de periodista de Radio Moscú en el programa “Escucha Chile”. Luego de 15 años de exilio, regresó en septiembre de 1988. Trabajó en la revista Pluma y Pincel y luego en el desaparecido diario La Época, donde escribió durante más de dos años un cuento a la semana. Iniciada la década del arcoiris, publicó Las pantuflas de Stalin (1990); Neruda y el huevo de Damocles (1992); la novela El correo de Bagdad (1994) y La novela de Galvarino y Elena (1995), en la que repite la formula de su libro Chacón y recrea, a través de los relatos de personajes reales, la conmovedora vida de Galvarino Arqueros y su esposa Elena González; el volumen de cuentos Exclusivo (1996); Cuentos de ciudad (1997), selección de los cuentos aparecidos en La Época, y cerró el decenio con Nerudario (1999). La década siguiente no sería menos productiva, la que comenzó con la publicación del sendo volumen de sus Cuentos completos (2001); la excelente variedad de registros alcanzada con Neruda clandestino (2003), libro en el que Varas reconstruye las andanzas del poeta durante su huída de las garras de González Videla a fines de la década del cuarenta, y a fines del año pasado Los sueños del pintor (2005), novela sobre la base de conversaciones con el pintor penquista Julio Escámez. Por estos días editorial Lom acaba de publicar El seductor, conjunto de cinco cuentos inéditos. Con esta extensa trayectoria, José Miguel Varas obtiene el Premio Nacional de Literatura 2006; con un fallo unánime del jurado, encabezado por la ministra de educación, Yasna Provoste, he integrado por Víctor Pérez, rector de la Universidad de Chile; el poeta Armando Uribe, Premio Nacional 2004; Marcela Prado, del Consejo de Rectores y Matías Rafide de la Academia Chilena de la Lengua, Varas se impone a nombres como el de Germán Marín, Enrique Lafourcade y Hernán Rivera Letelier. Con la amabilidad que lo caracteriza, el escritor nos contesto estas preguntas:

En la novela de Galvarino y Elena usted dice sobre sus personajes que tienen “una vida difícil en tiempos difíciles, aunque no exenta de esperanzas. Abundaban éstas más que hoy…” ¿Cree usted que se vivimos en tiempos sin esperanzas?

No. Lo último que se pierde es la esperanza, dice la sabiduría popular. Pero no cabe duda que para quienes vivieron en los primeros 80 o 90 años del siglo XX, existían no sólo esperanzas sino perspectivas claras de llegar a producir en Chile y en nuestro continente, en esta generación, grandes transformaciones sociales y de llegar a una sociedad más justa, solidaria y democrática. Se contaba en ese esquema ideal con la presencia y el apoyo de un poderoso campo socialista que afrontaba y equilibraba la acción imperial. Luego, el derrumbe de la Unión Soviética y de los países socialistas europeos significó también el derrumbe de grandes esperanzas. Estas son menos hoy en día, esto es innegable.

Varios de sus libros nacen de la vida de personajes reales que, a través suyo, nos cuentan su historia ¿Cuál es la importancia que usted le asigna a la construcción de una “literatura de la memoria”?

Construir una “literatura de la memoria” es necesario. Pero mi trabajo no parte de esa idea sino, en esencia, del esfuerzo por registrar experiencias y modos de vida populares, con su inagotable originalidad. He querido reflejar la historia “desde abajo”, como la sufren y la producen los hombres y mujeres ignorados.

Nabokov decía que la realidad no es ni el tema ni el propósito del arte, el cual crea su propia realidad ¿Cuál sería para usted esa realidad?

Inevitablemente todo arte tiene su punto de partida en las experiencias de un ser humano en el mundo real. El resultado final puede ser más o menos lejano de aquel contenido, pero nunca podrá evadirlo, aunque la expresión alcance un alto grado de abstracción. La literatura de Nabokov refleja con fuerza, aunque él no quiera, realidades reconocibles del mundo universitario norteamericano, de la vida social rusa a comienzos de siglo, sin perjuicio de momentos de fantasía desatada que, de todos modos, es la fantasía de un ser humano concreto en circunstancias concretas.

¿En que medida ha influido su experiencia en el periodismo en la forma de construir y narrar sus historias?

Ha tenido una gran influencia. En primer término porque me permitió tomar contacto directo con seres humanos y realidades que de otro modo no habría conocido. Luego, sin duda, en cuanto a estilo y al uso literario de ciertos métodos periodísticos. En esto no soy ningún pionero. Grandes escritores norteamericanos como Ernest Hemignway, John Dos Pasos, Theodore Dreiser y John Steinbeck incorporaron, en los años 30, diversas técnicas periodísticas en sus novelas. Pero incluso antes, en el siglo XIX los realistas y naturalistas franceses, como Balzac y Zola, partieron de noticias o crónicas de prensa para desarrollar sus obras y es frecuente que éstas tengan en determinados pasajes, el tono de la crónica periodística. Otro tanto hicieron Galdós en España y Dostoievski en Rusia. Y en tiempo más cercano Gabriel García Márquez. En Chile tenemos el ejemplo magnifico de Joaquín Edwards Bello que, no por casualidad, recibió los Premios Nacionales de Literartura y Periodismo. En fin, creo que el periodismo, como experiencia y como forma de expresión, puede enriquecer la narrativa literaria.

Cronológicamente se le menciona como parte de la generación del 50 ¿Siente usted alguna conexión estética con los escritores de aquella generación?

Es un hecho cronológico innegable. Mi segundo libro apareció precisamente en 1950. Esa generación incluye a escritores muy diversos, como Claudio Giaconi, Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, Margarita Aguirre... A todos los he leído y en algunos momentos me siento en sintonía con ellos. Pero lo de conexión estética no me parece.

Según su experiencia, un escritor ¿nace o se hace?

Nace, pero no basta. Se trata apenas de alguna predisposición genética. Que podrá manifestarse si hay un medio familiar y social favorable y un esfuerzo insistente por hacerse. La literatura es 10 por ciento inspiración y 90 por ciento transpiración, dijo un autor cuyo nombre he olvidado.

Antonio Di Benedetto decía que a veces el cuento era su hobby de novelista y luego la novela era su hobby de cuentista ¿Qué relación tiene usted con ambos géneros?

He intentado ambos. Diría que escribir cuentos es una costumbre arraigada en mí. Siempre estoy escribiendo alguno o haciendo un apunte rápido para un cuento futuro, aunque mi esfuerzo principal sea, como es ahora, escribir una novela. La novela me atrae y me cuesta más. Demoré 20 años en escribir “El correo de Bagdad”. Se podrían descontar algunos, porque se interpuso entremedio la dictadura. La novela es más exigente, más compleja que el cuento. El cuento es generalmente un corte en cierta realidad del mundo. La novela es el intento de crear un mundo Diría con Neruda que “la novela es el bistec de la literatura”.

Al mirar hacia atrás ¿Qué siente José Miguel Varas hoy por su trabajo literario?

Cierta insatisfacción. Pudo hacerse mejor. Muchas tareas pendientes.

¿Qué significó para usted la experiencia del exilio?


Un conocimiento más profundo de la realidad política y social de Chile, cuya trágica peripecia de los años de la dictadura viví de manera intensa y obsesiva durante 14 años, antes de poder regresar al país. También, me significó contacto y conocimiento de otros países, otras culturas, otros idiomas. El exilio implica sufrimiento, pero éste resulta llevadero si se da en el contexto de un trabajo relacionado directamente con la Patria lejana

¿Cuáles son sus lecturas en estos momentos? ¿Lee a autores actuales o prefiere volver a los clásicos (chilenos o extranjeros)?

Leo de todo. Acabo de terminar un bellísimo escrito descriptivo de Darwin sobre la fauna, la flora, el paisaje y la gente de Chiloé, que forma parte de su famosa obra Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Hace poco leí el libro testimonial del pastor Helmut Frez sobre su vida chilena. Leo autores actuales, chilenos y extranjeros y de vez en cuando regreso a clásicos como el Quijote, La guerra y la paz de Tolstoi, Madame Bovary de Flaubert, La madre de Gorki. Trato de mantenerme al día de lo que escriben mis compatriotas, en verso y en prosa.

Usted ha escrito, con notable resultado, sobre Neruda, De Rokha, El dirigente comunista Juan Chacón y recientemente Julio Escámez… ¿Quién le gustaría que escribiera sobre su vida?

No he pensado en esa posibilidad. No estoy seguro de que alguien se interese por el tema.


Esta es una pregunta que repito... Tengo la sensación de que hace treinta o cuarenta años atrás, puntualmente en Chile, el oficio de escritor gozaba de más notoriedad, espacio, incluso me atrevería a decir respeto… ¿Siente usted que en la actualidad todo eso se ha ido perdiendo?

Su sensación corresponde a la realidad. Los cambios ocurridos en la sociedad chilena, a partir del golpe de 1973, pero no sólo a consecuencias de él, han desvalorizado la profesión o, como acertadamente dice usted, el oficio de escritor. Algunos escritores, pocos, tienen una enorme audiencia para sus libros. El caso extremo y único es el de Isabel Allende, cuya fama es no sólo chilena sino internacional. Pero ella no pesa, como intelectual, en la sociedad chilena, como antaño pesaban escritores como Neruda, De Rokha, Fernando Alegría, Manuel Rojas. La gente está dispuesta a escuchar a los exitosos empresarios, a las efímeras estrellas de la tele y a los astros internacionales del rock, pero no a esos latosos de los poetas y escritores. Lo digo objetivamente, no para quejarme. Vivimos en un mundo y en una sociedad harto diferente de los que existían hace 30 o 40 años. Tratemos de entenderlos.


F.R.